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Nada es gratis en el capitalismo 2011/11/15

Posted by J. M. Pérez Tornero in Alfabetización mediática.
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Octubre de 2008. En este mismo blog citaba textos del El País: “Pasan los días y ya en Octubre la crisis y el miedo es ya pánico. La semana que culminaron ayer los mercados mundiales –decía entonces un editorial de El País- es peor incluso que las peores semanas de los meses de octubre de 1929 y 1987. (…) peor que ningún otro crash”…

Han pasado tres años. Estamos ya en Noviembre de 2011. Pero la situación apenas ha variado. Efectivamente, las primas de riesgo de países “sistémicos” como Italia y España rozan el desastre, las bolsas caen, el paro aumenta, el crédito es inexistente. Hay miedo y pánico, como entonces, solo que ligeramente embotados ya por la costumbre.

Eso sí, hay nuevas comparaciones  sobre la mesa. Según Merkel, estamos “en tiempos de cambio de época en los que Europa atraviesa su hora más difícil desde la II Guerra Mundial”. También es nuevo, aunque se diga menos, que ahora el problema no parecen ser ya los bancos, sino las deudas soberanas. Sin embargo, es evidente que no han variado ni la desconfianza en el sistema económico, ni las pocas esperanzas de encontrar soluciones a medio plazo.

Es todo el sistema el que parece estar dando una vuelta de tuerca más en su propio huracán. Primero se retorcieron hasta el extremo los bancos –a base de quiebras y caídas- y el entero sistema financiero, luego los estados –aumentando dramáticamente su deuda soberana-, y después la política en general –ofreciendo referéndums fracasados y dimisiones al siempre soberbio altar de los “mercados”… Ninguno de ellos -bancos, estados, gobiernos…- deja, desde luego, buena figura para la historia. Salen malparados y cabizbajos. Lo que sorprende es que, en cambio, el capitalismo parece seguir ufano, dueño de sí mismo, aunque solo sea en apariencia.

Pero, ¿por qué? ¿qué tiene el capitalismo para poder estar en todas las batallas y salir aparentemente indemne? ¿Por qué aún, con lo que está cayendo, parece mantener buena figura?

Nada es gratis

Uno no puede dejar de preguntarse sobre todo ello cuando lee Nada es gratis , un buen libro de divulgación sobre la crisis económica de España donde se nos intentan explicar, de modo sencillo y comprensible, las turbulencias del sistema económico y cómo afectan éstas a nuestro país.

Y al hacerme esta pregunta sobre la continua buena imagen del capitalismo, y a tenor del contenido de este libro,me parece evidente la respuesta a esa pregunta. La buena imagen del capitalismo se basa en que parece la virtud que consiste en que, en cualquier circunstancia -incluso en momentos tan espantosos como los que vivimos en los que cualquier otro actor hubiera desfigurado ya su propia cara- el capitalismo sabe, en cambio, presentarse como algo angelical, como un juego con reglas y límites en el que siempre gana el mejor. Es así como se presenta en Nada es gratis.

Se podría decir, pues que la mejor arma del capitalismo es la impasibilidad, la capacidad de hacer como si nada fuera con él… en el fondo su falta de compromiso con nada que no sea él mismo. Insisto,  Nada es gratis me parece la evidencia de esta impasibilidad del capitalismo, de su capacidad de decir: “nada va conmigo”.

El libro puede leerse como un conjunto de diagnósticos y de recetas que parten de una premisa que sus autores dan por fundada: las reglas del juego capitalistas no sólo son buenas, sino que no pueden ser de otro modo.

En Nada es gratis, el capitalismo se presenta como un juego casi inocente, como las reglas de un partido de fútbol, sin responsabilidad sobre los posibles desenlaces, sin responsabilidad tampoco sobre ninguno de los males que se pudieran producir… y la economía, por su parte, aparece como el arte estratégico de jugar bien ese juego: en definitiva, como un juego respetuoso.

Los autores de Nada es gratis, un grupo de economistas académicos de primera línea –con toda la sagacidad, audacia y perspicacia del mundo; también, seguramente, con toda su buena intención- describen la crisis económica española como si se tratara sencillamente de un partido de fútbol, es decir, de un simple juego en el que las reglas son conocidas, existen árbitros más o menos imparciales y unos equipos se enfrentan con otros volcando en ello sus mejores talentos. Pero un partido que, sencillamente, los españoles hemos jugado y estamos jugando mal.

Siempre, según estos autores, si el país lo está pasando mal es, sencillamente, porque no tiene los mejores jugadores –no los ha sabido fichar-, porque no ha organizado un buen sistema de incentivos – es decir, no paga bien a los jugadores “excelentes”- y, sobre todo, porque el contrincante, muchos más rápido y eficaz, ha metido más goles que nosotros. ¡Porque basta pensar en la selección española, campeona del mundo, para pensar que las cosas se pueden hacer de otro modo…!, dicen los autores.

Nada más sencillo que esto. Así que, conclusión: no hay que tocar el capitalismo, ni quejarse de sus crisis ni de sus exabruptos… Es sólo un simple juego: o aprendemos a jugar bien ese juego o saldremos malparados. Porque, no lo olvidemos, si salimos mal parados, la culpa no es del sistema, es solo nuestra.

Sin embargo, saliendo del libro y mirando a nuestro alrededor ¿qué se percibe? Pues, tensión, ruina, paro, depresión, precariedad laboral, ilusiones rotas, histeria mercantil, especulación, sálvese quien pueda… También corrupción, engaño, falta de transparencia…

Pero, me pregunto, ¿por qué no están estos temas incluidos en los factores de la crisis que trata de explicarnos Nada es gratis? ¿Es que, acaso, no forman parte de la crisis? ¿Es que no componen también su auténtico rostro?

Pues bien, casi nada de estos factores están tratados en el libro citado. Allí todo parece presentarse como un juego de contabilidad y técnico, con errores, pero sin intereses perversos, sin agresiones y atropellos… Los autores nos presentan un mundo en el que todo parece fruto de estrategias abstractas e inocentes… como si la economía se jugara en un mundo que no es el real. O como si se tratase de un puro juego sin consecuencias

¿Podríamos pensar que este enfoque es una visión académica? ¿Lo es porque la academia gusta de los juegos de salón? O ¿es que los autores no ven, o no quieren ver, que hay reglas, juegos y sistemas que tienen contradicciones fundamentales, que establecen reglas perversas -por ejemplo, cuanto mayor es la deuda de alguien, más intereses se le hace pagar-?

Si se contempla el auténtico rostro de nuestra crisis – ese que ya hemos mencionado-, ¿podremos seguir considerando que el capitalismo es solo como el fútbol, un simple juego inocente? O, en cambio ¿debiéramos pensar que, en todo caso, se parece más al espectáculo de un circo romano donde el público esperaba y propiciaba que hubiera sangre y muertes, sin lo cual no se conformaba? ¿O deberíamos reconocer que hay un juego más amplio grande e importante que el de la economía que es, sencillamente el de la vida sobre el planeta, y que en ese juego las consecuencias del juego de la economía pueden ser fatales?

Yo creo que, a la vista de lo que vemos, habría que empezar a pensar que estamos más cerca del circo romano y del juego de hundir el planeta que de un sencillo e incruento juego de salón.

Tal vez, dirán ustedes, no es para ponerse estupendo… pero a mi sí me parece significativo que, en el mismo momento en que Merkel habla de una situación parecida a la Segunda Guerra mundial, es justo cuando Obama, Netanyahu y Ahmadinejad hacen sonar los tambores de una guerra en Irán -que, esta vez sí puede ser nuclear-. No tendríamos, entonces, que dejarnos de explicaciones propias de un juego de salón y disponer de una visión más realista y menos angelical de lo que está sucediendo? Sea dicho esto, en todo caso, con el merecido respeto que se han ganado los autores de Nada es gratis

Nada es gratis… Elegir un punto de vista -y no mencionar el otro- tampoco es gratuito…

Crisis y pérdida de confianza en los medios (I) 2008/10/11

Posted by J. M. Pérez Tornero in Crítica mediática, Cultura mediática, Medios de comunicación.
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El 8 de agosto (2008) -no había quebrado aún Lehman Brothers- Paulson,  secretario del Tesoro de EEUU, recibió una carta de 16 de las grandes entidades  financieras de Estados Unidos: “Consideramos –decían- que la crisis de 2007  y 2008 es la más severa desde la II Guerra Mundial”, y, entre otras, atribuían las causas a  “los excesos del comportamiento humano colectivo: optimismo desenfrenado en las subidas y miedo -bordeando el pánico- en las bajadas”. Fijémonos: “excesos del comportamiento humano colectivo”, buena fórmula para una amargada antropología moralizante, ¡qué vaciedad, en cambio, para una explicación racional!  Máxime viniendo de quien viene que hubieran debido de ser capaces e diagnosticar y proponer soluciones.

Pasan los días y ya en Octubre la crisis y el miedo es ya pánico: “La semana que culminaron ayer los mercados mundiales –dice un editorial de El País- es peor incluso que las peores semanas de los meses de octubre de 1929 y 1987. (…) peor que ningún otro crash”. (…) “El pánico mundial, muy intenso en las plazas asiáticas, obedece a varias razones de fondo. Una de ellas es que los inversores no se creen los planes de rescate financiero, ni las reducciones concertadas de tipos de interés, ni las desesperadas inyecciones de liquidez en el sistema. Consideran que han llegado tarde y que no evitarán algunas quiebras financieras latentes. Los inversores sólo confían hoy en intervenciones públicas directas en los bancos privados y en el control, lejano o próximo, de los poderes públicos.

Si los diagnósticos son ciertos, la crisis de confianza está llevando a poner radicalmente en cuestión la mentalidad imperante durante las últimas décadas. Mentalidad en la que se ha inspirado el desarrollo de la globalización y de la sociedad de la información. Mentalidad que resume en los siguientes principios asociados: tecnología-innovación- mundialización- crecimiento-consumismo-mercado-.

Estos principios hasta ahora sacralizados y que han servido de pilares del sistema capitalista financiero se resquebrajan a ojos vista:

  • La tecnología –que hasta ahora imponía un determinismo altivo- ha resultado irrelevante en esta crisis o se muestra impotente;
  • La innovación –tan cacareada- no ha cambiado los vicios del sistema: despilfarro, ineficiencia, corrupción, incoherencia…
  • No hay ya crecimiento: las grandes economías o se estancan o entran en períodos de recesión, e, incluso, algunos hablan de depresión
  • Ya no se consume al ritmo que se hacía y, sobre todo, se pone en cuestión el modelo  consumista; de pronto, buena parte de los ciudadanos se han puesto a ahorrar y a preservar su dinero.
  • Ya no cree casi nadie en la inhabilidad el mercado –al menos en su sacralización- ya no cree nadie cuando lo que se está reclamando es la intervención y nacionalización por parte de los poderes públicos.

Se deshincha una nueva burbuja. Ya no es la burbuja de Internet o de las empresas punto.com, es la burbuja, más enorme todavía, de las finanzas globalizadas, del reinado de las bolsas especulativas y de la ideología neocons.

Un estilo de gestión del mundo –ese management descarado, soberbio, arrogante y agresivo que, de un modo u otro, todos hemos padecido-  se ha venido abajo. Apenas en dos meses, no queda nada de él si no es una triste caricatura. El que los ejecutivos de Fortis hayan celebrado una comida en Montecarlo a razón de 50.ooo euros el cubierto, o el que los ejecutivos de una banca en quiebra norteamericana hayan “curado sus penas” en un ressort de superlujo es sólo el esperpento de un régimen de gobernar las empresas que muere a ojos vista.

Pero, a buen seguro, el tsunami de la desconfianza creciente que sólo ha hecho más que empezar acabará con sus últimos vestigios.

Pero, ¿cómo no se ha visto venir todo esto? ¿Cómo no hemos sido capaces, en una era mediática, con infinidad de recursos informativos a nuestro alcance,  de adivinar la magnitud de la catástrofe que se estaba fraguando?

Y, sin embargo, durante los últimos tiempos ha habido aviso para navegantes para todos los gustos. Stiglitz, exejecutivo del Banco Mundial y premio Nóbel de economía,  escribió tres libros desenmascarando la interioridad ineficaz, corrupta, soberbia e inútil de este mundo de líderes financieros. Economistas como J. Saaks, nos han explicado claramente los límites y tremendos riesgos de nuestro sistema cuando al crecimiento demográfico, la destrucción de las fuentes energéticas y al crecimiento no sostenible había que añadir la incompetencia y el desinterés por encontrar una vía de cooperación global que empezara a resolver parte de nuestros problemas. Luego ha habido innumerables denuncias, nada evitables, como las de un Noam Chomski, que ha escrito infinidad de textos y artículos sobre la eventual, y ya nítida, caída de EEUU y su imperio y sobre la tremenda operación de vaciado mental que estaban realizando algunos medios globales al respecto. Armand Mattelart y N. Klein no han cesado de denunciar la multinacional publicitaria. Hammelink, clamó en el desierto por la instauración de la ética en el ciberespacio…

Desde la semiótica, la sociología, la ética, desde muchas ciencia sociales y humanas –incluso desde algun tio de conomía-  la in-sostenibilidad del sistema ha venido siendo denunciada con sistemática continuidad por muchos autores –además de los ya mencionados, Baudrilard, Touraine, Ziegler, Bauman, Morin, Bech… El capitalismo negro de nuestro tiempo ha sido descrito por todos ellos: con sus amos y esclavos, con sus despotismos ilustrados,  con su indiferencia negligente y falta de compasión (o, hasta, su fatiga de compasión –Susan Moeller-) ante el sufrimiento que ha degenerado en violencias étnicas y discursos xenófobos y racistas (Cf. Perceval) repartidas por el mundo, guerras energéticas, desolación en los países emergentes, temores y dependencias.

Todos ellos han señalado la indiferencia ante la vida de este desarrollo económico (Morin) o la licuefacción de la misma vida social  (Bauman, La vida líquida) hasta convertirla en un magma de inseguridades, miedos, e inestabilidades perpetuas, o en un flujo continuo (Gitlin) de falta de sentido y de aturdimiento, o de estupidización (Lasch), o de falta de sentido (Bech). O un Eco, que nos describía cómo íbamos para atrás como el cangrejo, y sin embargo, nos explicaba cuánto recuperaríamos si éramos capaces de salir del aturdimiento tonto de la falsa modernidad mediatizada…

Aquella sociedad del riesgo, descrita complacientemente por Giddens, muestra ahora su peor cara. El riesgo incontrolado, que ya no se puede calcular como una variable de nuestra acción humana, sino que se ha convertido en una constante azarosa del sistema. Una banca que cae una sobre otra, y todas juntas, se derrumban como un castillo de naipes, una política espectacularizante –basada muchas veces en el storytelling del cuento fantástico- pero que ha sido incapaz, por ejemplo, de federar de un modo razonable Europa, o de favorecer una mínima concertación en torno a los fines del Milenio, o tan sólo de no dejarse llevar por el unilateralismo más brutal y descarnado.

Por todo ello, es innegable que, de alguna manera había avisos de desastre por doquier, pero caían en saco roto, nadie les prestaba atención o, al menos, suficiente atención.  No había información solvente ni eficaz al respecto. No había, por tanto, un mínimo grado de concienciación de la opinión pública, ni mucho menos un repertorio mental de estrategias de salida.

Es justo ahora, pues, recordar aquella denuncia de Neil Postman, que fue catalogado en su día, de catastrofista: ¡Los medios nos hacen divertirnos hasta morir! Seguimos todos, y, sobre todo nuestro sistema mediático, empeñado en seguir divirtiéndonos mientras el planeta de desangra a ojos vista (Cf. Guión e actualidad: sigue aumentando el consumo de televisión).

Sin embargo, es ésta una cuestión crucial, ¿dónde estaban los medios? dónde estaba su poder de información, de exploración, de alerta?

El 7 de setiembre ya nos preguntábamos: “Cuando -en medio de una sorpresa generalizada y de un shok sicológico de envergadura mundial- los bancos se hunden, quiebran las compañías aseguradoras, suspenden pagos las empresas, los alimentos se encarecen y se pierden millones de empleos, tal vez deberíamos preguntarnos por qué no alertaron los medios de comunicación a tiempo de todo esto que nos ha sobrevenido” Ahora, un mes después –cuando todo parece haberse agravado- la misma pregunta sigue siendo crucial pero es aún más imperativa.

Necesitamos un diagnóstico urgente y un remedio activo. Si los medios han fallado, si no nos han prevenido, si no nos han hecho modificar nuestras percepciones y conductas ante lo que ha sobrevenido, no podemos continuar como si nada.

Lo más preocupante es empezar a atisbar que tal vez los medios no han fallado por ignorancia, ineficacia, descuido u omisión, sino por connivencia, o, al menos, complacencia con los factores que nos han llevado a la ruina. ¿Acaso no han sido ellos los promotores del consumismo, los que han alentado, enaltecido y sacralizado a los ejecutivos agresivos como nueva élite del universo y los héroes principales de nuestro Olimpo? ¿Acaso no han sido ellos los que han acolchado nuestra sensibilidad ante las atrocidades que el sistema necesitaba perpetrar delante de todos sin que nadie protestara –Iraq, Guantánamo, Darfur, etc.? ¿O no han sido ellos los que han impulsado esa espiral del silencio que encubría los riesgos temerarios de una Banca internacional que, gracias a ellos, promovía un consumismo cívico exaltado, que, a su vez, hacía crecer la publicidad de la que se nutrían los medios de comunicación?

Probablemente, ni han sido todos los medios, ni sólo ellos han sido los culpables de la situación, pero la pregunta tiene que empezar a contestarse, porque si ha nacido ya la desconfianza y hasta el pánico ante las instituciones financieras y políticas, la credibilidad de los medios ha empezado a perder muchos enteros y seguramente resistirá pocas pruebas sin desmoronarse.

Para recuperar la confianza necesitaremos de nuevos a los medios, pero, de ahora en adelante, ¡ya nada será igual! Tienen que cambiarse muchos principios, muchos métodos. Tienen que encontrarse nuevas vías de participación y de creación de opinión pública. Debemos, abrir paso a la conciencia crítica tanto como a un discurso alternativo solvente y eficaz.  Será necesario explorar nuevos caminos y marcar nuevos territorios de debate público. Nada seguirá siendo igual. Casi todo tendrá que re-fundarse y reinventarse.  

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