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Desenchufados de los medios 2011/11/18

Posted by J. M. Pérez Tornero in Alfabetización mediática, Cultura mediática.
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“El mundo desenchufado” se denomina una investigación tan interesante como llamativo es su título. Investigación que ha realizado Susan Moeller con sus propios estudiantes de doctorado en el Centro Internacional para Medios de Comunicación y Asuntos Públicos (International Center for Media & the Public Affairs, ICMPA) en colaboración con la Academia de Salzburgo sobre Medios de Comunicación y Cambio Global (Salzburg Academy on Media & Global Change).

Los investigadores han propuesto a grupos de estudiantes de diversos países del mundo que intenten vivir 24 horas, es decir, una jornada de sus vidas, sin medios de comunicación -ni teléfonos móviles, ni televisión, ni ordenadores, ni radios…- y que luego cuenten su experiencia en un relato en primera persona.

Me cuenta la propia Susan que la investigación –de la que aún no ha podido, por cuestión de tiempo, todos los resultados potenciales- ha provocado ya un “tremendo interés en los medios de todo el mundo (BBC, CNN, the New York Times, etc.).” Y ella misma se sorprende de que la televisión de Corea estuviera grabando recientemente  un documental sobre la investigación que será emitido en Diciembre”.

EL INTERÉS DEL TEMA

El mundo desenchufado pone de relieve la especial relación que se establece entre medios y personas. Relación que ha interesado siempre en teoría de la comunicación y en sicología -desde las teorías de la aguja hipodérmica y el conductismo más simple a la teoría de las gratificaciones sicológicas o las más recientes de mediación cognitiva (framieng, agenda setting, etc.). Pero en un mundo globalizado y completamente mediatizado en el que los medios absorben buen parte del tiempo de vigilia de nuestras vidas, los enfoques se renuevan y se enfatiza nuestra dependencia mediática.

Han pasado ya más de 25 años de un famoso estudio de Mary Wyn: The Plug-In Drug que ponía de manifiesto la capacidad de crear adicción que tenía la televisión. Hasta el punto de que la autora la comparaba con una especie de droga. Más adelante, Tod Gittlin con un enfoque más sociológico, hablaba de la necesidad de conexión perpetua que unos medios ilimitados nos proponían con una corriente continua de información: Media Unlimited: How the Torrent of Images and Sounds Overwhelms Our Lives . Y de un modo parecido se pronunciaba Neil Postman en su famoso: Amusing Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business 

Todos estos estudios y ensayos ponen de manifiesto que dependemos estrechamente en nuestras vidas de los medios electrónicos y digitales. E indican que esa dependencia va aumentando con el tiempo.

Una palpable demostración de esta tesis es el sentimiento de abstinencia, de falta que se experimenta cuando, de repente, nos desenchufamos, aunque sea por unas horas, de la corriente continua del discurso mediático: cuando nos desconectamos. Intentando poner de relieve esta dependencia, ha habido muchas y muy diversas propuestas.

De entre todos los medios, el que más propuestas de desenchufarse ha recibido ha sido la televisión. No en vano es el medio que históricamente ha ocupado más tiempo de nuestras vidas de modo masivo. La tradición es larga y parece que se forjó a partir de una iniciativa de un semanario Adbuster (TV Turnoff Week), en 1995, y luego se generalizó.

En algunos países, como en Canadá y Francia, existen asociaciones dedicadas a proponer una semana sin televisión como un sistema de aprendizaje y de experiencia singular a los profesores y estudiantes. E, incluso, alguna vez el experimento se ha logrado llevar a cabo en un pueblo entero.

UNA ADICCIÓN GLOBAL

El estudio reciente de Susan Moeller y sus estudiantes presenta la novedad de poner de manifiesto que la adicción a los medios es ahora global y que afecta casi por igual a todo el mundo.

Vale la pena, por tanto, tomar muy en cuenta sus conclusiones. Se resumen en 15 puntos que expresan así:

“1. Aunque la “adicción” de los estudiantes a los medios de comunicación no pueda diagnosticarse clínicamente, los síntomas de abstinencia al parecer sí que son reales, como también la ansiedad y la depresión.

2. En todos los países, una clara mayoría de estudiantes admitieron haber fracasado por completo en sus esfuerzos de pasar un día completo desconectados.

3. Los estudiantes informaron que los medios de comunicación, en particular sus teléfonos celulares, se han convertido literalmente en parte de sus cuerpos. Por lo tanto, prescindir de ellos los hizo sentirse como si hubiesen perdido parte de sí mismos.

4. Estudiantes de todo el mundo informaron que estar conectados a la tecnología digital las 24 horas del día, los siete días de la semana no sólo es un hábito, sino que es fundamental para la manera en que establecen y manejan sus relaciones de amistad y su vida social.

5. Los estudiantes construyen diferentes identidades “de marca” para sí mismos, y usan distintas herramientas de comunicación para llegar a distintos tipos de personas.

6. Para muchos estudiantes, pasar 24 horas sin usar los medios de comunicación desveló la cortina tras la que ocultaban su soledad.

7. Muchos estudiantes, de todos los continentes, literalmente no podían imaginarse cómo llenar sus horas vacías sin los medios de comunicación.

8. Los teléfonos celulares vienen a ser la “navaja multiusos” Y también la “mantita para acurrucarse” de esta generación.

9. ¿Qué son “noticias”? Para los estudiantes, “noticia” es “cualquier cosa que acaba de pasar”: desde los acontecimientos mundiales hasta los pensamientos cotidianos de sus amigos.

10. “Ya no buscamos las noticias, las noticias nos buscan a nosotros”.

11. “140 caracteres de noticias son todo lo que necesito”.

12. La televisión es para relajarse.

13. En todo el mundo, los estudiantes usan la música no sólo para hacer más tolerables los viajes de ida a vuelta a sus lugares de estudio o de trabajo, sino también para influir sobre sus estados de ánimo.

14. El correo electrónico no está muerto: sólo que ya tiene sus años y es “para trabajar”.

15. “Simplificar, simplificar”. En todo el mundo, algunos estudiantes resultaron ser “trascendentalistas en ciernes”: hicieron la observación de que “pudieron volver a disfrutar de los placeres simples de la vida” cuando renunciaron a usar los medios de comunicación durante 24 horas”.

Todas y cada una de estos puntos, que, obviamente requieren más detalle y explicación, merecerían por sí mismos un serio ejercicio de reflexión y de investigación científica.

Sufrimiento a distancia y fatiga de compasión 2010/02/16

Posted by J. M. Pérez Tornero in Comunicación, Crítica mediática, Medios de comunicación, Pensamiento crítico.
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Haití, contemplando la tragedia

  

Haití, la tragedia natural más grande conocida… De hecho, a la vista de estas semanas tras el terremoto, no pueden negarse ni la conmoción mediática, ni tampoco la respuesta solidaria que esta conmoción parece haber acarreado: es evidente que esta solidaridades fruto de la compasión distante del espectador… Pero, solidaridad, pese a todo. Pese a que estamos, tal vez, cansados un poco todos de este “sufrimiento a distancia”, de este “sufrimiento espectatorial” y pese a que es ya evidente en todas partes una cierta “fatiga de la compasión”, mejor dicho, fatiga d ela explotación comercial de los medios de esa compasión. Y pese a que todos recelamos de la fugacidad de esta solidaridad que se corresponde con la fugacidad de nuestra memoria… Solidaridad, pese a la tendencia –inconsciente- a relacionar arteramente y como justificación tranquilizante para nosotros, espectadores, por un lado, ese fracaso de la naturaleza –ese terremoto diabólico- con el, por otro, fracaso previo –autóctono- de uno de los países más pobres del mundo que ni siquiera, apenas, tenía Estado. Habiendo, pues, olvidado muy pronto que ese país fue el primero en construirse sobre una rebelión –o revolución- de los esclavos; y, que tal vez por ello, fue condenado preventivamente a la “no existencia” como Estado.  

 Pese a todo, inisistimos, no puede negarse la existencia de una respuesta solidaria –y necesaria.  

 Pese al sensacionalismo oportunista de ciertos medios. Pese a que no se ha olvidado en la cobertura periodística la tópica de rigor en el tratamiento de las tragedias:  el discurso de la desgracia acompañado del de la denuncia y el de la seguridad de la respuesta internacional…   

Pese al amarillismo y sensacionalismo de un cierto periodismo que se aprovecha de las tragedias para hacer negocio.  Pese a la indudable inconsistencia de nuestra moralidad pública, su hipocresía y su coherencia.  

 Lo positivo, en cualquier caso y pese a todo, es que la solidaridad se manifiesta y se cuela por las rendijas de un discurso público y una política en crisis. Es con ello, una tímida respuesta de la ciudadanía la que se está colando en la escena internacional. No por tímida desdeñable.  

 Por ello es oportuno y conviene recordar dos investigaciones teóricas de calado que nos ayudan a comprender el discurso periodístico y mediático sobre el sufrimiento, las tragedias y la política de la “piedad” y de la “compasión” que generan. Y que nos ayudan a comprender la importancia de la respuesta ciudadana que se intuye en estos casos. Dos investigaciones que, aunque  con enfoque diverso, refuerzan el aspecto positivo de la piedad del espectador, del compromiso “a distancia” con las tragedias.  

 La primera, la de Luc Boltanski, La souffrance a distance[1]. A través de ella Boltanski intenta fundar la razón y la justicia que se encuentran en la base de la respuesta del público ante las tragedias y que puede convertir el primer impulso emocional del espectador de tragedias “a distancia” – o sea, de todos nosotros contemplando en el sofá de nuestro salón la tragedia de Haití, por ejemplo- en un movimiento capaz de conducir a la constitución de una sociedad moral. Una sociedad moral que se basaría, según Boltanski, en al movimiento ciudadano que hace que un espectador, además de sentir simpatía y piedad por el desgraciado, adquiera conciencia de las tragedias, de su propio papel de ciudadano y pueda, por tato, organizarse para actuar solidariamente, para comprometerse: “El espectador a distancia no está (…) exento de toda obligación moral con el pretexto de que el desgraciado no se encuentra cerca. Es justamente a su sentido moral a lo que apela el hecho de la desgracia se muestre. Porque sin moral, no hay piedad.” (P. 38).  

Según el autor, es esta moralidad profunda de la contemplación del sufrimiento a distancia la que abre la posibilidad de un compromiso realista y responsable, de  existencia de un espectador que va más allá de la pura contemplación para comprometerse en un curso de acción solidaria.   

He aquí, pues, el aspecto positivo –esa promesa de moralidad y de compromiso- que abre el espectáculo de la tragedia.   

La otra investigación es de Susan Moeller, Compasión Fatigue. How the media sell disease, famine, war and death[2].  

 El enfoque de Moeller es menos filosófico y antropológico que el de Boltanski y se centra en el discurso periodístico. Sin embargo, el cambio de enfoque no dificulta el llegar a conclusiones semejantes. Como la investigación de Boltanski, la de Moeller vislumbra un aspecto positivo en la contemplación y cobertura periodística de las tragedias: la posibilidad de “descubrir” “reencontrar” o “sostener” un periodismo más creíble, más legítimo y más fiable. Aunque en este caso, lo que Moeller intente poner de manifiesto es que tras esa fatiga de compasión se da un rechazo del público hacia un periodismo ciertamente malversador y pervertido: “En efecto, la fatiga de la compasión que siente el público indica la insatisfacción, el malestar, del público con el menú mediático que se le ofrece. El público está diciendo: “Ya basta; ya es suficiente. Nosotros no queremos lo que nos estáis ofreciendo”. La solución a la fatiga de la compasión –explica Moeller- no se corresponde con el periodismo de entretenimiento ni con el periodismo sensacionalista, ni con el periodismo rutinario. La solución está en invertir en la “cobertura” internacional de la actualidad y en fomentar el talento de lo reporteros, de los cámaras, de los editores y de los productores; en confiar en su libertad para definir sus propios relatos –malos y buenos, diabólicos o espirituales, espantosos o alegres-. La solución está en aquellos periodistas con talento que cubren la panoplia de las historias de la actualidad día tras día, año tras año, y que están menos influidos por el “bottom line” que por el “morning line”. La solución está en hacer que los medios vuelvan  a ocuparse de la tarea de la información, de toda la información, de la información de todos los días”.   

“Compromiso”, por un lado, “oficio” –en el buen sentido del término- por otro. Ideas a recordar cuando nuestra distancia –mediática- con el sufrimiento es muy grande: Haití, por ejemplo.   


[1] Paris, Gallimard, 2007. Aunque sus primeros avances son de 1993.[2] New York, Routledge, 1999.  

Susan D. Moeller
 
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