Armand Mattelart: la cultura crítica y la fracción minoritaria de la nueva generación

24 de septiembre de 2008, Bellaterra. Armand Mattelart -el mismo que escribió, con Ariel Dorfman, Para leer el pato Donald, y desde entonces siguió, a través de cientos de artículos y libros, analizando los problemas esenciales de los medios de comunicación- pasa todo el día con nosotros en la UAB –Lorenzo Vilches, Pere Oriol Costa, Teresa Velázquez, Victoria Camps, Arcadi Oliveras y muchos estudiantes de doctorado del Departamento de Periodismo y Ciencias de la Comunicación y del Máster de Comunicación y educación-. 

Su discurso y su argumentación tienen una doble perspectiva: la socio-histórica, de quien viene desarrollando, desde hace más de cuarenta años, un camino de reflexión y de investigación atento siempre a los cambios del universo mediático; y la de quien, al mismo tiempo, desde un sentido comprometido de la realidad –él prefiere descartar el concepto de optimismo– piensa activa y críticamente, y toma muy en cuenta la necesidad de cambio y de utopía. 

Es justamente en este contexto en el que Mattelart percibe la emergencia de una “nueva crítica sociocultural en el discurso, en la práctica y en el compromiso de una fracción minoritaria de la nueva generaciónque sabe acometer las grandes cuestiones nuestro tiempo –la violencia reflejada en los medios, los movimientos sociales, la opresión y las causas de liberación, etc.- y lo sabe hacer con un compromiso renovado que se distancia del pensamiento blando, débil –“post-todo”- que se impone en nuestros días. 

Es ese sentido crítico, de cambio, que encuentra sus fuentes y que no puede dejar de intuirse, en  la precarización laboral en que viven los jóvenes –que hace, por ejemplo, que sólo dos de cada diez doctores universitarios encuentren un trabajo acorde con su formación y capacidades- o en el aumento de la desigualdad y la miseria en la mayoría de los países el mundo, o en la consolidación de una mentalidad colectiva individualista pero frustrada, aburrida de sí misma, de su banalización. 

El análisis del Golpe de Estado en Chile contra Allende –que vivió personalmente Mattelart y habría de marcar su compromiso investigador- es el arranque de su reflexión. 

Hemos visto juntos solo un fragmento de su filme La espiral, una película sobre la génesis social e ideológica del golpe de estado que rodó cuando apenas éste se había consolidado. Una película que -por su falta de acomodamiento a los sectarismos implicados en el golpe y a causa de un cierto desinterés ante su perspectiva crítica de parte de las “instituciones” ideológicas al uso- se ha silenciado durante años. Apenas hace uno que el filme pudo, por fin, verse en el mismo Chile, en un recorrido que el propio Mattelart hizo por algunas ciudades del país. La espiral se topó entonces con un público juvenil que ha vivido una amnesia histórica forzada que ha borrado del mapa mental el mismo golpe y, lo que es todavía más lacerante, que ha olvidado ni siquiera llegado a saber las cuestiones y circunstancias que lo propiciaron. Prueba todo ello de cómo la maquinaria ideológica de la sociedad mediático-consumista –centrada en la individualización y la deshumanización– es capaz de difuminar los problema sociales y el mismo contexto histórico. 

Pero el filme hacía surgir por sí mimo el sentido crítico entre una juventud que pese a la amnesia ambiental sentía la necesidad de buscar más sentido a su propia condición de jóvenes. Un sentido que según Mattelart –en respuesta a una pregunta de Lorenzo Vilches- encuentra su fundamento en “nuestra propia condición de seres humanos, de personas, en nuestro sentido de la dignidad, que es justamente lo que pretende borrar la amnesia provocada por el capitalismo consumista y neo-liberal”. 

Según Mattelart, el golpe de estado de Chile propició el primer experimento de transformación social teledirigido globalmente en un solo país y pretendía acabar con la rebelión ante la injusticia de los movimientos sociales. Un experimento que trataba de acomodar el pensamiento y las ideas sociales a las condiciones mentales que exigía este tipo de capitalismo: un experimento de alquimia ideológica que, por ejemplo, impulsó con sistema el diario El Mercurio de aquel tiempo. Sus editoriales eran habitualmente una solicitación a adherirse a los principios que luego serían los del golpe. Cada editorial, cada artículo de opinión, promovía la adhesión de un grupo profesional o social determinado: los transportistas, los médicos, las amas e casa, etc. La prensa chilena de referencia –dominante entonces en el universo de los medios- realizó una ingeniería mental al servicio del golpe, y en consonancia con los planes del Pentágono. La izquierda apenas podía responder, no poseía medios de prensa consolidados ni siquiera desarrolló medios alternativos. Quedó claro en aquel entonces cómo una contrarrevolución podía organizar en su favor los medios de comunicación. Lo mismo sucedió, tras el golpe, cuando el sistema mediático militar intentó acuñar la idea de que Allende era un presidente perdido por su pasión por las mujeres y la pornografía. Me recuerda la maquinación franquista que trató de crear la imagen de un Azaña (Presidente de la república española) mezquino, agresivo con su entorno, engreído y soberbio, a partir de la publicación manipulada de sus diarios robados. 

Pere Oriol Costa aprovecha para comentar que hoy en día, muchos años después, la centralidad mediática es mayor. Si entonces la reacción se servía de los medios, hoy en día buena parte de los medios son en sí mismos la reacción. A todo se nos viene a la cabeza la situación italiana con Berlusconi propietario mediática y Presidente, o la amistad de Sarkozy con Bouygues o la de Bush (y Aznar) con Rupert Murdock. 

Todavía hoy, comenta una estudiante de post-grado chilena, El Mercurio es en Chile el diario de referencia, porque ninguno de los otros le alcanza todavía, eso sí ha cambiado de ideología. 

Pregunto por la investigación sobre comunicación: ¿cómo es que se ha perdido la tensión y el sentido crítico, cómo es que con una creciente complejidad conceptual, sin embargo, el pensamiento sobre comunicación parece haber perdido la pulsión hacia el cambio? “Todos sabemos la repuesta –dice Armand- hay demasiado pensamiento post, se ha perdido el sentido del contexto y de la historia. Muchas de las teorías académicas que prosperan no proponen más que satisfacción y complacencia con el orden constituido, de alguna manera se sienten confortablemente en la situación actual, seguros de sí mismos en un mundo académico que con muchas palabras no dice nada. Es como si se hubiese perdido el horizonte político, la necesidad de promover políticas, acciones”. En otro momento se ha hablado de una cierta deshonestidad intelectual, de modas, de congresos mediáticos destinados sólo a la celebración de ciertos popes o gurús, pero que no aportan nada, ni nuevo, ni viejo. 

Mattelart habla de la necesidad de contrarrestar el creciente proceso de deshumanización de nuestra civilización y de nuestro pensamiento. El respeto a la dignidad humana, la defensa de los pobres y los que pasan hambre –que es la mayoría- y la crítica a los poderes abusivos, que conspiran contra la libertad y la autonomía de las gentes, tiene que estar en el centro de nuestra investigación. La reivindicación de la presencia del sujeto en los métodos de investigación –que fue en su día una reacción justificada contra el excesivo peso de las estructuras- no puede quedarse en un huero juego de palabras y en un pensamiento melifluo y acrítico, tiene que convertirse en una búsqueda del cambio. Es necesario no olvidarse del contexto y de la historia, pero ni la historia y el contexto puede resolverse o liquidarse con categorías vacías. Ha criticado expresamente tres nombres comunes: “los jóvenes”, “las mujeres”, el “pensamiento latinoamericano”. Dentro del concepto jóvenes hay muchas tipologías de grupos, muchos perfiles individuales, no todos quieren lo mismo; hay que precisar, distinguir separar y discernir. Lo mismo sucede con el concepto “mujeres” –en el golpe de estado contra Allende, algunas de ellas defendían las propuestas de la democracia cristiana, otros proclamaban en la calle que el gobierno de Allende era el suyo-. Y lo mismo puede decirse del “pensamiento latinoamericano sobre comunicación”: ¿Acaso hay uno sólo? ¿No existen puntos de vista, a veces encontrados, no existen matrices conceptuales que atraviesan los continentes y los países? ¿Acaso el uso de estas grandes categorías vacías no nos está alejando del contexto? 

Se aprecia en el discurso de Mattelart una pasión por la exploración, por la investigación que aúna la confianza en que el sentido crítico sobre la realidad se alía, de algún modo, con las fuerzas del cambio. Al mismo tiempo, cierto desencanto hacia los sectarismo, hacia las ideologías-cliché, hacia la descalificación simplista y reduccionistas de los argumentos del interlocutor: ¿Es que basta acusar de derechismo o de izquierdismo a alguien para descalificar sus ideas?

 Se adivina en el gesto y el compromiso de Armand Mattelart un sentido profundo de respeto al pensamiento crítico, a una cultura crítica que hay que cuidar y potenciar y que nos e puede adormecer con academicismos hueros ni con amnesias históricas. El compromiso sigue.