Crisis y pérdida de confianza en los medios (I)

El 8 de agosto (2008) -no había quebrado aún Lehman Brothers- Paulson,  secretario del Tesoro de EEUU, recibió una carta de 16 de las grandes entidades  financieras de Estados Unidos: “Consideramos –decían- que la crisis de 2007  y 2008 es la más severa desde la II Guerra Mundial”, y, entre otras, atribuían las causas a  “los excesos del comportamiento humano colectivo: optimismo desenfrenado en las subidas y miedo -bordeando el pánico- en las bajadas”. Fijémonos: “excesos del comportamiento humano colectivo”, buena fórmula para una amargada antropología moralizante, ¡qué vaciedad, en cambio, para una explicación racional!  Máxime viniendo de quien viene que hubieran debido de ser capaces e diagnosticar y proponer soluciones.

Pasan los días y ya en Octubre la crisis y el miedo es ya pánico: “La semana que culminaron ayer los mercados mundiales –dice un editorial de El País- es peor incluso que las peores semanas de los meses de octubre de 1929 y 1987. (…) peor que ningún otro crash”. (…) “El pánico mundial, muy intenso en las plazas asiáticas, obedece a varias razones de fondo. Una de ellas es que los inversores no se creen los planes de rescate financiero, ni las reducciones concertadas de tipos de interés, ni las desesperadas inyecciones de liquidez en el sistema. Consideran que han llegado tarde y que no evitarán algunas quiebras financieras latentes. Los inversores sólo confían hoy en intervenciones públicas directas en los bancos privados y en el control, lejano o próximo, de los poderes públicos.

Si los diagnósticos son ciertos, la crisis de confianza está llevando a poner radicalmente en cuestión la mentalidad imperante durante las últimas décadas. Mentalidad en la que se ha inspirado el desarrollo de la globalización y de la sociedad de la información. Mentalidad que resume en los siguientes principios asociados: tecnología-innovación- mundialización- crecimiento-consumismo-mercado-.

Estos principios hasta ahora sacralizados y que han servido de pilares del sistema capitalista financiero se resquebrajan a ojos vista:

  • La tecnología –que hasta ahora imponía un determinismo altivo- ha resultado irrelevante en esta crisis o se muestra impotente;
  • La innovación –tan cacareada- no ha cambiado los vicios del sistema: despilfarro, ineficiencia, corrupción, incoherencia…
  • No hay ya crecimiento: las grandes economías o se estancan o entran en períodos de recesión, e, incluso, algunos hablan de depresión
  • Ya no se consume al ritmo que se hacía y, sobre todo, se pone en cuestión el modelo  consumista; de pronto, buena parte de los ciudadanos se han puesto a ahorrar y a preservar su dinero.
  • Ya no cree casi nadie en la inhabilidad el mercado –al menos en su sacralización- ya no cree nadie cuando lo que se está reclamando es la intervención y nacionalización por parte de los poderes públicos.

Se deshincha una nueva burbuja. Ya no es la burbuja de Internet o de las empresas punto.com, es la burbuja, más enorme todavía, de las finanzas globalizadas, del reinado de las bolsas especulativas y de la ideología neocons.

Un estilo de gestión del mundo –ese management descarado, soberbio, arrogante y agresivo que, de un modo u otro, todos hemos padecido-  se ha venido abajo. Apenas en dos meses, no queda nada de él si no es una triste caricatura. El que los ejecutivos de Fortis hayan celebrado una comida en Montecarlo a razón de 50.ooo euros el cubierto, o el que los ejecutivos de una banca en quiebra norteamericana hayan “curado sus penas” en un ressort de superlujo es sólo el esperpento de un régimen de gobernar las empresas que muere a ojos vista.

Pero, a buen seguro, el tsunami de la desconfianza creciente que sólo ha hecho más que empezar acabará con sus últimos vestigios.

Pero, ¿cómo no se ha visto venir todo esto? ¿Cómo no hemos sido capaces, en una era mediática, con infinidad de recursos informativos a nuestro alcance,  de adivinar la magnitud de la catástrofe que se estaba fraguando?

Y, sin embargo, durante los últimos tiempos ha habido aviso para navegantes para todos los gustos. Stiglitz, exejecutivo del Banco Mundial y premio Nóbel de economía,  escribió tres libros desenmascarando la interioridad ineficaz, corrupta, soberbia e inútil de este mundo de líderes financieros. Economistas como J. Saaks, nos han explicado claramente los límites y tremendos riesgos de nuestro sistema cuando al crecimiento demográfico, la destrucción de las fuentes energéticas y al crecimiento no sostenible había que añadir la incompetencia y el desinterés por encontrar una vía de cooperación global que empezara a resolver parte de nuestros problemas. Luego ha habido innumerables denuncias, nada evitables, como las de un Noam Chomski, que ha escrito infinidad de textos y artículos sobre la eventual, y ya nítida, caída de EEUU y su imperio y sobre la tremenda operación de vaciado mental que estaban realizando algunos medios globales al respecto. Armand Mattelart y N. Klein no han cesado de denunciar la multinacional publicitaria. Hammelink, clamó en el desierto por la instauración de la ética en el ciberespacio…

Desde la semiótica, la sociología, la ética, desde muchas ciencia sociales y humanas –incluso desde algun tio de conomía-  la in-sostenibilidad del sistema ha venido siendo denunciada con sistemática continuidad por muchos autores –además de los ya mencionados, Baudrilard, Touraine, Ziegler, Bauman, Morin, Bech… El capitalismo negro de nuestro tiempo ha sido descrito por todos ellos: con sus amos y esclavos, con sus despotismos ilustrados,  con su indiferencia negligente y falta de compasión (o, hasta, su fatiga de compasión –Susan Moeller-) ante el sufrimiento que ha degenerado en violencias étnicas y discursos xenófobos y racistas (Cf. Perceval) repartidas por el mundo, guerras energéticas, desolación en los países emergentes, temores y dependencias.

Todos ellos han señalado la indiferencia ante la vida de este desarrollo económico (Morin) o la licuefacción de la misma vida social  (Bauman, La vida líquida) hasta convertirla en un magma de inseguridades, miedos, e inestabilidades perpetuas, o en un flujo continuo (Gitlin) de falta de sentido y de aturdimiento, o de estupidización (Lasch), o de falta de sentido (Bech). O un Eco, que nos describía cómo íbamos para atrás como el cangrejo, y sin embargo, nos explicaba cuánto recuperaríamos si éramos capaces de salir del aturdimiento tonto de la falsa modernidad mediatizada…

Aquella sociedad del riesgo, descrita complacientemente por Giddens, muestra ahora su peor cara. El riesgo incontrolado, que ya no se puede calcular como una variable de nuestra acción humana, sino que se ha convertido en una constante azarosa del sistema. Una banca que cae una sobre otra, y todas juntas, se derrumban como un castillo de naipes, una política espectacularizante –basada muchas veces en el storytelling del cuento fantástico- pero que ha sido incapaz, por ejemplo, de federar de un modo razonable Europa, o de favorecer una mínima concertación en torno a los fines del Milenio, o tan sólo de no dejarse llevar por el unilateralismo más brutal y descarnado.

Por todo ello, es innegable que, de alguna manera había avisos de desastre por doquier, pero caían en saco roto, nadie les prestaba atención o, al menos, suficiente atención.  No había información solvente ni eficaz al respecto. No había, por tanto, un mínimo grado de concienciación de la opinión pública, ni mucho menos un repertorio mental de estrategias de salida.

Es justo ahora, pues, recordar aquella denuncia de Neil Postman, que fue catalogado en su día, de catastrofista: ¡Los medios nos hacen divertirnos hasta morir! Seguimos todos, y, sobre todo nuestro sistema mediático, empeñado en seguir divirtiéndonos mientras el planeta de desangra a ojos vista (Cf. Guión e actualidad: sigue aumentando el consumo de televisión).

Sin embargo, es ésta una cuestión crucial, ¿dónde estaban los medios? dónde estaba su poder de información, de exploración, de alerta?

El 7 de setiembre ya nos preguntábamos: “Cuando -en medio de una sorpresa generalizada y de un shok sicológico de envergadura mundial- los bancos se hunden, quiebran las compañías aseguradoras, suspenden pagos las empresas, los alimentos se encarecen y se pierden millones de empleos, tal vez deberíamos preguntarnos por qué no alertaron los medios de comunicación a tiempo de todo esto que nos ha sobrevenido” Ahora, un mes después –cuando todo parece haberse agravado- la misma pregunta sigue siendo crucial pero es aún más imperativa.

Necesitamos un diagnóstico urgente y un remedio activo. Si los medios han fallado, si no nos han prevenido, si no nos han hecho modificar nuestras percepciones y conductas ante lo que ha sobrevenido, no podemos continuar como si nada.

Lo más preocupante es empezar a atisbar que tal vez los medios no han fallado por ignorancia, ineficacia, descuido u omisión, sino por connivencia, o, al menos, complacencia con los factores que nos han llevado a la ruina. ¿Acaso no han sido ellos los promotores del consumismo, los que han alentado, enaltecido y sacralizado a los ejecutivos agresivos como nueva élite del universo y los héroes principales de nuestro Olimpo? ¿Acaso no han sido ellos los que han acolchado nuestra sensibilidad ante las atrocidades que el sistema necesitaba perpetrar delante de todos sin que nadie protestara –Iraq, Guantánamo, Darfur, etc.? ¿O no han sido ellos los que han impulsado esa espiral del silencio que encubría los riesgos temerarios de una Banca internacional que, gracias a ellos, promovía un consumismo cívico exaltado, que, a su vez, hacía crecer la publicidad de la que se nutrían los medios de comunicación?

Probablemente, ni han sido todos los medios, ni sólo ellos han sido los culpables de la situación, pero la pregunta tiene que empezar a contestarse, porque si ha nacido ya la desconfianza y hasta el pánico ante las instituciones financieras y políticas, la credibilidad de los medios ha empezado a perder muchos enteros y seguramente resistirá pocas pruebas sin desmoronarse.

Para recuperar la confianza necesitaremos de nuevos a los medios, pero, de ahora en adelante, ¡ya nada será igual! Tienen que cambiarse muchos principios, muchos métodos. Tienen que encontrarse nuevas vías de participación y de creación de opinión pública. Debemos, abrir paso a la conciencia crítica tanto como a un discurso alternativo solvente y eficaz.  Será necesario explorar nuevos caminos y marcar nuevos territorios de debate público. Nada seguirá siendo igual. Casi todo tendrá que re-fundarse y reinventarse.  

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