El orden de las imágenes mediáticas

 

Soraya Sáez

Soraya Sáez

Soraya Saéz de Santa María, portavoz del grupo parlamentario popular en las Cortes, ha suscitado una polémica mediática tras su aparición, posando como si se tratara de una modelo de glamour, en la portada del dominical del periódico El Mundo.

Con independencia de los distintas derivaciones de la polémica, obviamente orientadas por diferentes intereses, lo que prueba el incidente es que existen convenciones y normas -muchas de ellas no escritas y apenas intuidas- que ordenan las imágenes y los modos de representación, y que inciden tanto en la forma como en el contenido. El modo y la pose de la fotografía de Soraya qiebra, aunque ligeramente, esa norma: no respeta la frontera establecida entre dos mundos (el de la política, por un lado, y el del glamour mediático propio de “los famosos” -estrellas de cine, modelos, aristocracias diversas, etc.-, por otro); conecta, pues, dos mundos separados, aunque sea sutilmente, por una división efectiva.

Del mismo modo rompió esa norma la fotografía que todas las ministras de Zapatero se hicieron, hace ya algunos años, a las puertas de la Moncloa vistiendo trajes de alta costura y posando, también, como modelos de modistos de lujo. La diferencia, si hay que decirla, es el desparpajo sexy que luce Soraya y que no demostraban entonces entonces las ministras.

MInistras a la moda

Otra fotografía realizada por el Mundo a Zerolo, concejal socialista del Ayuntamiento de Madrid, también rompe las convenciones y transgrede fronteras. Un político convertido en homo antecesor por obra y gracia de un trabajo de maquillaje que decía rendir homenaje a la publicación de la obra de Darwin sobre el origen de las especies. Político/ modelo; Político/actor… Todo confundido.

Zerolo disfrazado

Es evidente que para que fueran posibles todas estas fotografías, sus protagonistas tuvieron que vestirse expresamente, posar y adoptar un papel que no es el habitual en ellos-al menos desde el punto de vista profesional-. No se trata, sencillamente, de una trampa mediática, oo de un asalta a la intimidad, sino de un cuidadoso trabajo de exhibición, aunque de naturalezas diferentes. De ese modo, se saltaban convenciones y expectativas, rompían ciertos códigos.

La cuestión, en todo caso, y lo que realmente debería despertar la polémica en relación con estos hechos no es tanto si el comportamiento de sus protagonistas es el adecuado o no con su cargo y responsabilidad, sino la enorme capacidad de apropiación de cualquier tipo de representación, icono o imagen que van adquiriendo los medios de comunicación en todos los órdenes de la existencia humana, incluyendo por supuesto, apropiación dle mundo de la política. Acaso, ¿no están siendo los medios los que están seleccionando el modo y el formato con el que los actores públicos (y privados) pueden presentarse socialmente? ¿Qué posibilidad de resistencia tienen los políticos y los ciudadanos ante la progresiva imposición de este formato?

A juzgar por lo visto, bien poca.