El nuevo contrato social universal, según Mattelart

Armand Mattelart

TELOS publica su número 81 y celebra con ello su 25 aniversario. Sin duda, el hecho constituye una efemérides para la revista de tecnología y comunicación más influyente en lengua española.

Examinar y leer este número 81 es una experiencia de memoria histórica y, al tiempo, un ejercicio de prospectiva. Algunos de sus textos y autores permiten “situarnos” teórica y prácticamente ante propuestas, ideas y tradiciones que han ejercido un papel clave en estos últimos años. Ciertos de ellos, despiertan adhesión y otros, lo contrario. Algunos expresan la constancia y fiabilidad de sus autores y otros, lo opuesto. Voy a dedicar estas  líneas a uno de los del primer tipo, es decir a lo que entiendo que son propuestas que nos despiertan adhesión y a un autor del que hay que celebrar, sin lugar a dudas, su constancia y consistencia intelectual: Armand Mattelart[1].

Desde que, en el Chile de Allende -el de la confabulación golpista entre la CIA y los movimientos conservadores y fascistas de la sociedad; desde la Universidad Católica de Santiago-, Mattelart denunciara cómo el discurso del cine de ficción para niños podía gestarse en la misma matriz del discurso imperialista (Cf. Para leer el pato Donald,[2] escrito con Ariel Dorfman), hasta el día de hoy en que publica su último libro, Un mundo vigilado[3], el autor se ha movido, intelectual y prácticamente, con el mismo objetivo y con el mismo rigor: contribuir, mediante el pensar sobre los medios, a la igualdad, la democracia y la justicia social; y hacerlo basándose en el análisis empírico y en la explicación bien fundada teóricamente. Así, ha transitado desde la denuncia al discurso imperialismo hacia la crítica a la matriz de la sociedad de la información, pasando por la la historia de las teorías de la comunicación, los informes que contribuían a la consolidación del estado de bienestar en Francia y el servicio público audiovisual (respondiendo a encargos de la administración de Mitterrand), a la cooperación con los fines de la Internacional socialista y el apoyo a los movimientos de resistencia a la globalización y a los movimientos sociales emergentes. Una trayectoria que ha venido acompañada de un serio rigor académico desde el punto de vista de la investigación y de la docencia.

Su contribución al número 81 de TELOS[4] constituye toda una constante y renovada declaración de principios. Distingue dos utopías. Una, la tecnocrática, la de quienes defendieron y defienden aún un discurso mesiánico sobre la sociedad de la información –utopía que se basa en el determinismo tecnológico y que encuentra un referente original en el Informe sobre la informatización de las sociedad de Simon Nora y Alain Aminc (1978) y continúa en la oleada de privatizaciones, desregulaciones y promesas paradisíacas que se forjaron en torno a las autopistas de la información e Internet -en la última década del XX-. La otra, una utopia social y crítica, la que despierta a principios del siglo XXI y abre el  debate sobre los efectos sociales y políticos de una globalización y una sociedad de la información desregladas, y permite la presencia de nuevos actores en la esfera pública y la crítica rigurosa y sistemática al determinismo tecnológico. Mattelart identifica o al menos relaciona esta utopía con el discurso de las cumbres sobre sociedad de la Información en el marco de la unión Internacional de Telecomunicaciones (Ginebra, 2003 y Túnez, 2005).

Esta utopía crítica y social tiene dos principios fundadores. Uno, el  primero, que se basa en “el derecho de la comunicación como ampliación de los derechos humanos” (p. 100). “Se trata, escribe Mattelart, de una vuelta crítica sobre una propuesta aparecida a finales de 1960, cuando se crea la UNESCO, con motivo del debate sobre las libertades en el campo de la información, una representación de la comunicación como proceso dialogado y recíproco, el rechazo comunicativo de la élite hacia las masas, del centro a la periferia, de los ricos en cuanto a comunicación hacia los pobres” (p. 100).

Otro, el segundo principio, es el de los bienes públicos comunes: “todos esos bienes a los cuales las personas y los pueblos deberían tener derecho en condiciones de igualdad y de libertad y los cuales por esta razón deben constituir ‘excepciones’ respecto a la ley del libre cambio” (p. 101).

Mattelart se está refiriendo a la necesidad de distinguir claramente el derecho a la comunicación, tanto del determinismo tecnológico –que impone técnicas de comunicación intrusitas- como de la tiranía del mercado. La comunicación, entendida así, puede tener una dimensión industrial, pero es sobre todo una experiencia humana que tiene como referente el derecho de las personas, el diálogo y la reciprocidad.

En esta idea parecen confluir la carta de la UNESCO sobre la diversidad cultural, el manifiesto de Porto Alegre (2005) y hasta el principio de “excepción cultural” aceptado en la Unión Europea.

La oportunidad de la crisis económica

Mattelart ve en la reciente crisis económica que afecta a todo el planeta, la oportunidad para retornar y refundar las bases conceptuales y jurídicas sobre las que se sostiene la comunicación. Ya no se trata sólo de reconocer y defender la necesidad de “intervención del poder público y del papel económico del Estado hasta que llegue la siguiente crisis” sino de afianzar “el principio fundador de la soberanía popular y la primacía de lo político. Esto supone un salto cualitativo en la participación de los ciudadanos en la gestión de las grandes preguntas vivas que se presentan en la sociedad y de cara a su futuro” (p. 101).

De aquí que hay que borrar la desmemoria y marchar más allá del “cortoplacismo”. Es preciso buscar un nuevo contrato social, que esta vez, según Mattelart, ha de ser universal: “Es en la búsqueda de este nuevo contrato social donde reside el sentido de la lucha a favor de la transformación; en realidad, la promesa de una nueva unión universal entre humanos gracias a la apropiación democrática del mundo tecnológico”. O esto, o el afianzamiento antidemocrático del principio tecnocrático en el que las tecnologías intrusivas se convierten en dominadoras de las personas.

Mattelart sienta de este modo las bases para la renovación, recuperación de la utopía crítica en materia de comunicación, y la sitúa en el centro nuclear (y frente) del desarrollo mediático en la actualidad –impuesto por la confluencia ente una tecnología dirigida desde los centros de poder y la exageración neoliberal del mercado como medida de todas las cosas- que se define como la estructuración tecnocrática de la sociedad de la información.

Otra comunicación es posible y necesita de “nuevas apropiciones”, de “nuevas alfabetizaciones[5]” y de “nuevos derechos”. Mattelart, sigue en la brecha de siempre, pero más actual que nunca. Y TELOS tiene el mérito de recordarlo.


[1] Cf. La biografía intelectual que ofre INFOAMÉRICA: http://www.infoamerica.org/teoria/mattelart1.htm

[2] Existe una edición de 2001 en México, Siglo XXI.

[3] Barcelona, Paidós, 2009.

[4] “De una crisis a otra. De una utopía a otra”, TELOS, nº 81, pp. 99-102.

[5] Cf. Ulla Carlson, Samy Tayie, Genevieve Jacquinot-Delaunay y Pérez Tornero (ed.) Empowerment trough Media Education, Goteborg, Clearing House on Children, Young and Media & UNESCO, 2008. Y Paolo Celot y Pérez Tornero, Media Literacy in Europa. Leggere, scrivere, e partecipare nell’era mediatica, Roma, Eurilink, 2008.