La tormenta perfecta y el agujero negro de la concentración mediática

Cuando Antena 3 se une a La sexta (y las líneas editoriales del El Público y La Razón convergen -aunque sea a nivel empresarial-; cuando Telecinco (MediasetBerlusconi) y La cuatro (Prisa, El País, y la SER) se fusionan; entonces, hay que preguntarse si no habremos llegado a una especie de agujero negro en el que  los contrarios se tocan atraídos por una fuerza de gravedad irresistible.

¿Cómo habrá sido posible que el grupo que publicaba -desde España- las fotos “censuradas” de la casa en que Berlusconi recibía a sus “amigas”- se haya aliado ahora con la empresa de la que es propietario el mismo Berlusconi?

¿Cómo ha sucedido que el grupo que regenta uno de los diarios más pro-Partido Popular de España –o sea, La Razón– se pueda a unir al grupo que regenta el diario más pro-Zapatero del país –o sea, El Público?

Si hubiera que encontrar una razón, tendríamos que hablar de que se ha producido una especie de agujero negro cósmico. Porque un “agujero negro”-como los astrónomos saben- está constituido por una fuerza de atracción tan absoluta y singular que nada se le puede resistir. Es un espacio en el que si se entra ya no se puede retroceder: un punto sin retorno. Y así, efectivamente, parece actuar la fuerza del dinero cuando se supera cierto límite de riesgo o de ambición.

¿Pero cómo hemos podido haber llegado a este agujero negro? ¿Es una consecuencia más de la “crisis mundial” o estamos ante una singularidad española?

Todo parece indicar que, aunque la crisis incide, la singularidad de una política de medios -calificable, cuando menos de errática- es la mayor responsable de esta situación actual. Un mero repaso a lo sucedido en los últimos cinco años con la televisión en nuestro país nos convencerá de ello. Estos años han sido testigos de tormentas tecnológicas, marejadas legales y huracanes comerciales.

TORMENTAS TECNOLÓGICAS: La comercialización del satélite de difusión directa (recuerden el sangrante conflicto entre Canal satélite y Vía digital). La irrupción, aunque muy debilitada, del cable –ONO, Telefónica, etc.-. El ADSL (Imagenio). La TDT (explosión de canales locales y regionales). Y, finalmente, TV por Internet. El resultado: una explosión de canales -sin posibilidad ni de mesura ni de equilibrio- que, ultrapasando una vana promesa de “más libertad”, se ha demostrado muy pronto como un modelo insostenible.

MAREJADA LEGAL: Aceleración total, ni un respiro: hemos pasado del Informe de los sabios sobre los medios de comunicación del Estado[1], a los sucesivos y muchas veces precipitados[2] decretos, leyes parciales y la apuesta (¿final?) por una Ley general del audiovisual.

No ha quedado títere con cabeza en todo este frenético movimiento pendular. Hemos pasado, sin solución de continuidad, desde un pan-liberalismo exacerbado que defendía la idea de que cuantos más operadores y canales, más libertad, a un proteccionismo de los oligopolios constituidos.

Así el gobierno, en una primera etapa, autorizó nuevas cadenas en abierto (La Sexta y La Cuatro) y legisló favoreciendo la mayor utilización posible de los canales de TDT –esto sí, sin apenas ninguna regulación y nada más que una distribución de la capacidad de concesión a los poderes autonómicos. Lo cual andaba en sintonía con una política completamente liberalista.

Sin embargo, en una segunda etapa,  autorizó y favoreció la concentración accionarial más allá de los límites anteriormente consentidos; y privó improvisadamente a la televisión del Estado de los ingresos publicitarios que, en buena lógica, habría de favorecer la financiación del sector privado. Todo ello, con una clara vocación proteccionista contradiciendo su primer impulso liberalista.

En una palabra, oleaje, por un lado, resaca, por otro. O, lo que es lo mismo, un paso hacia adelante, dos para atrás.

HURACÁN COMERCIAL: En este aspecto, la potencia de la publicidad -y su consiguiente influencia sobre los contenidos- no ha dejado de crecer en los últimos tiempos -ni en la televisión privada, ni en la pública-. Con ello, los contenidos se han transformado en los últimos años de una manera que no parece tener retorno: en conjunto, ha crecido la telebasura, los reality-show, la información escandalosa y el amarillismo, el sectarismo en las opiniones… Y también, el fútbol, las carreras de motos y las de fórmula uno se ha adueñado paulatinamente de las parrillas televisivas. Por otra parte, la publicidad de emplazamiento, la comercialización engañosa y los contenidos promocionales son ya realidades cotidianas, así como la falta de respeto a la protección de los menores son evidentes en toda la programación[3]. La búsqueda de audiencias masivas por encima de todo.

La publicidad ha imperado arrogantemente en todo este período y sólo la crisis parece haberla puesto ligeramente en apuros. Por ello, la industria privada lo ha intentado todo en este período y lo seguirá intentando en los años venideros: primero, reclamar la no-intervención del Estado para debilitar las televisiones públicas; luego,  contradictoriamente, demandar árnica y protección: es decir, demandar al gobierno que suprimiera los límites a la concentración horizontal y, una vez conseguido esto, plantear la alianza más contra natura –si por “natura” entendemos la fidelidad a los principios editoriales…

El resultado de estas tormentas, marejadas y huracanes ha sido este agujero negro en el que parece que nos hemos adentrado. Un punto de inflexión y, aparentemente, de difícil retorno.

Hipótesis de futuro

¿Qué puede suceder tras esta tormenta perfecta?

Aunque la respuestas a esta preguntas son, aún, hipotéticas, son bastantes previsibles.

  1. Las líneas editoriales de información de Tele 5 y de Cuatro, por un lado, y las de La Sexta y Antena 3, por otro, iniciarán un proceso de convergencia paulatina y segura. Probablemente, en una primera etapa mantendrán un cierto aire de singularidad y de diversificación, pero en los momentos decisivos, en las apuestas políticas estratégicas y en lo que se refiere a las grandes opciones ideológicas su aproximación y coherencia se irá haciendo nítida. Los intereses comerciales y económicos de fondo trabajarán por esa convergencia.
  1. La televisión del Estado –privada de su parte de financiación publicitaria- tenderá a perder audiencia y, por tanto, se debilitará su papel de actor influyente en la conformación de la esfera pública. Y esto no se producirá sólo por el hecho de la escasez creciente de recursos, sino porque en los últimos años, RTVE –a base de prejubilaciones de personal y a base de externalizar buena parte de su producción- ha perdido y está perdiendo capacidades objetivas y el capital intelectual necesario para encontrar un nuevo modelo de televisión de servicio público. De hecho, esta perdida fue patente en el período de Carmen Caffarell –caída de audiencia y aplicación intensiva del expediente de regulación de empleo-. Se aminoró, notoriamente en el período de presidencia de Fernández –freno de la caída de audiencia aunque mantenimiento de la externalización de la producción- aunque se avanzó poco en la búsqueda de un modelo no comercial de TV pública. Y, finalmente, queda como gran cuestión pendiente en el período que inaugura hace unos meses Oliart.
  1. El pluralismo informativo en su conjunto disminuye. Los indicadores relativos a la concentración mediática disminuyen a ojos vista. De un mercado televisión dominado por cuatro operadores pasamos a sólo dos. Y, por otra parte, lo mismo sucede con la concentración vertical: el nuevo paisaje mediático  ha dejado más poder en menos manos.
  1. La diversidad mediática local y autonómica disminuirá. La concentración de la propiedad mediática a nivel de Estado augura una consecuente concentración mediática en lo local y lo autonómica. La entrada en escena de dos grandes poderes mediáticos estatales se convertirá en una fuerza irresistible para muchos proyectos locales dispersos o fraccionados.
  1. La capacidad crítica de los ciudadanos no mejorará. Si, por un lado, los indicadores hablan de un nivel de conciencia mediática mediocre en nuestro país[4], no hay que esperar que ni la información sobre medios, ni la formación crítica del espectador vaya a beneficiarse por efecto de esta nueva concentración mediática. De hecho, no hay nada más que ver cómo se ha informado de la fusión –antes y después de que ésta se haya producido- para ver cuál puede ser el porvenir de la información sobre medios. Y a esto puede añadirse el declive de la información –y la crítica– de televisión la prensa propiedad de los grupos fusionados.
  1. La precariedad de la profesión periodística aumentará en el país. Si la crisis económica ya ha dañado evidentemente el ejercicio profesional -creando más inseguridad y menos margen profesional ante los editores por parte de los periodistas- es bastante previsible que la nueva concentración mediática genera más desempleo, más presión empresarial sobre el ejercicio profesional y un declive en la independencia profesional.
  1. El ámbito político aumentará su dependencia con respecto al poder mediático. A mayor concentración, no solo menor diversidad, sino más capacidad de influencia de los poderes mediáticos sobre el mundo político. Esta situación es especialmente significativa cuando el poder mediático ahora surgido está conformado, no sólo por intereses financieros –muy activos en el contexto de la crisis- sino por empresas de telecomunicación y por empresas mediáticas –como es el caso de Mediaset- ligadas indirectamente a ideologías políticas concretas.

Estamos, pues, ante una especie de tormenta perfecta que nos conduce a un agujero negro del que será difícil salir en los próximos diez años.

No puede decirse, cuando menos, que la política legislativa y gubernamental del actual gobierno socialista haya sido ajena al proceso. Lo paradójico es que, muy probablemente, sean las opciones políticas de centroizquierda las que saldrán –directa o indirectamente perjudicadas- de este movimiento de concentración del sector privado y de debilitamiento del servicio público de televisión.

Tampoco puede decirse que la situación se haya equilibrado y se haya estabilizado. Las tensiones van a seguir.

Es muy probable que, si continúa la crisis –o se agudiza- el nuevo aparato mediático privado, reforzado por la concentración, busque sustraer la publicidad a los canales autonómicos.

También es probable que –una vez clarificado (y para ellas tranquilizado) el paisaje en el ámbito mediático privado- algunas opciones políticas recuperen –su hasta ahora dormido proyecto de privatización de ciertas televisiones autonómicas.

Y tampoco es descartable que -al menos a nivel de producción y de derechos televisivos- el movimiento de concentración siga modificándose todavía. De hecho, es previsible que los dos grandes grupos mediáticos resultantes lleguen a negociar y a concertar diversas acciones y estrategias en este terreno, especialmente en lo que se refiere a nuevos canales de pago.

En cualquier caso, si la idea de agujero negro o de tormenta perfecta no gusta a algún lector, basta que se sirva sustituirlo por la imagen del círculo. Un círculo que parecía abierto o que hubiera como mínimo podido ensancharse, parece cerrarse cada día más.


[1] Una propuesta coherente que se ha ido diluyendo paulatinamente en el diseño legal y, sobre todo, en la arquitectura compleja del sistema de gestión televisiva.

[2] Recuérdese que en muchas ocasiones y sin que quede claro el motivo, se ha tendido a legislar por la vía de urgencia.

[3] El incumplimiento sistemático del código de autorregulación sobre contenidos nocivos para la infancia ha sido acreditado por diversos estudios e investigaciones.

[4] Cf. Pérez Tornero, J. M. (dir.) Study on Assesment Criteria for Media Literacy Levels. A comprehensive view on the concept of media literacy and an understanding of how media literacy leve shoul be asessed, con Paolo Celot, Tapio Varis, Evelyne Brevort i Thierry de Smet), European Comission, 2009.