Sufrimiento a distancia y fatiga de compasión

Haití, contemplando la tragedia

  

Haití, la tragedia natural más grande conocida… De hecho, a la vista de estas semanas tras el terremoto, no pueden negarse ni la conmoción mediática, ni tampoco la respuesta solidaria que esta conmoción parece haber acarreado: es evidente que esta solidaridades fruto de la compasión distante del espectador… Pero, solidaridad, pese a todo. Pese a que estamos, tal vez, cansados un poco todos de este “sufrimiento a distancia”, de este “sufrimiento espectatorial” y pese a que es ya evidente en todas partes una cierta “fatiga de la compasión”, mejor dicho, fatiga d ela explotación comercial de los medios de esa compasión. Y pese a que todos recelamos de la fugacidad de esta solidaridad que se corresponde con la fugacidad de nuestra memoria… Solidaridad, pese a la tendencia –inconsciente- a relacionar arteramente y como justificación tranquilizante para nosotros, espectadores, por un lado, ese fracaso de la naturaleza –ese terremoto diabólico- con el, por otro, fracaso previo –autóctono- de uno de los países más pobres del mundo que ni siquiera, apenas, tenía Estado. Habiendo, pues, olvidado muy pronto que ese país fue el primero en construirse sobre una rebelión –o revolución- de los esclavos; y, que tal vez por ello, fue condenado preventivamente a la “no existencia” como Estado.  

 Pese a todo, inisistimos, no puede negarse la existencia de una respuesta solidaria –y necesaria.  

 Pese al sensacionalismo oportunista de ciertos medios. Pese a que no se ha olvidado en la cobertura periodística la tópica de rigor en el tratamiento de las tragedias:  el discurso de la desgracia acompañado del de la denuncia y el de la seguridad de la respuesta internacional…   

Pese al amarillismo y sensacionalismo de un cierto periodismo que se aprovecha de las tragedias para hacer negocio.  Pese a la indudable inconsistencia de nuestra moralidad pública, su hipocresía y su coherencia.  

 Lo positivo, en cualquier caso y pese a todo, es que la solidaridad se manifiesta y se cuela por las rendijas de un discurso público y una política en crisis. Es con ello, una tímida respuesta de la ciudadanía la que se está colando en la escena internacional. No por tímida desdeñable.  

 Por ello es oportuno y conviene recordar dos investigaciones teóricas de calado que nos ayudan a comprender el discurso periodístico y mediático sobre el sufrimiento, las tragedias y la política de la “piedad” y de la “compasión” que generan. Y que nos ayudan a comprender la importancia de la respuesta ciudadana que se intuye en estos casos. Dos investigaciones que, aunque  con enfoque diverso, refuerzan el aspecto positivo de la piedad del espectador, del compromiso “a distancia” con las tragedias.  

 La primera, la de Luc Boltanski, La souffrance a distance[1]. A través de ella Boltanski intenta fundar la razón y la justicia que se encuentran en la base de la respuesta del público ante las tragedias y que puede convertir el primer impulso emocional del espectador de tragedias “a distancia” – o sea, de todos nosotros contemplando en el sofá de nuestro salón la tragedia de Haití, por ejemplo- en un movimiento capaz de conducir a la constitución de una sociedad moral. Una sociedad moral que se basaría, según Boltanski, en al movimiento ciudadano que hace que un espectador, además de sentir simpatía y piedad por el desgraciado, adquiera conciencia de las tragedias, de su propio papel de ciudadano y pueda, por tato, organizarse para actuar solidariamente, para comprometerse: “El espectador a distancia no está (…) exento de toda obligación moral con el pretexto de que el desgraciado no se encuentra cerca. Es justamente a su sentido moral a lo que apela el hecho de la desgracia se muestre. Porque sin moral, no hay piedad.” (P. 38).  

Según el autor, es esta moralidad profunda de la contemplación del sufrimiento a distancia la que abre la posibilidad de un compromiso realista y responsable, de  existencia de un espectador que va más allá de la pura contemplación para comprometerse en un curso de acción solidaria.   

He aquí, pues, el aspecto positivo –esa promesa de moralidad y de compromiso- que abre el espectáculo de la tragedia.   

La otra investigación es de Susan Moeller, Compasión Fatigue. How the media sell disease, famine, war and death[2].  

 El enfoque de Moeller es menos filosófico y antropológico que el de Boltanski y se centra en el discurso periodístico. Sin embargo, el cambio de enfoque no dificulta el llegar a conclusiones semejantes. Como la investigación de Boltanski, la de Moeller vislumbra un aspecto positivo en la contemplación y cobertura periodística de las tragedias: la posibilidad de “descubrir” “reencontrar” o “sostener” un periodismo más creíble, más legítimo y más fiable. Aunque en este caso, lo que Moeller intente poner de manifiesto es que tras esa fatiga de compasión se da un rechazo del público hacia un periodismo ciertamente malversador y pervertido: “En efecto, la fatiga de la compasión que siente el público indica la insatisfacción, el malestar, del público con el menú mediático que se le ofrece. El público está diciendo: “Ya basta; ya es suficiente. Nosotros no queremos lo que nos estáis ofreciendo”. La solución a la fatiga de la compasión –explica Moeller- no se corresponde con el periodismo de entretenimiento ni con el periodismo sensacionalista, ni con el periodismo rutinario. La solución está en invertir en la “cobertura” internacional de la actualidad y en fomentar el talento de lo reporteros, de los cámaras, de los editores y de los productores; en confiar en su libertad para definir sus propios relatos –malos y buenos, diabólicos o espirituales, espantosos o alegres-. La solución está en aquellos periodistas con talento que cubren la panoplia de las historias de la actualidad día tras día, año tras año, y que están menos influidos por el “bottom line” que por el “morning line”. La solución está en hacer que los medios vuelvan  a ocuparse de la tarea de la información, de toda la información, de la información de todos los días”.   

“Compromiso”, por un lado, “oficio” –en el buen sentido del término- por otro. Ideas a recordar cuando nuestra distancia –mediática- con el sufrimiento es muy grande: Haití, por ejemplo.   


[1] Paris, Gallimard, 2007. Aunque sus primeros avances son de 1993.[2] New York, Routledge, 1999.  

Susan D. Moeller