Ética intercultural de la comunicación. La propuesta de Rafael Capurro.

Rafael Capurro

El mundo es cada vez más complejo. Después de la revolución digital, la humanidad del siglo XXI no se parece, en casi nada, a la del siglo XX. En aquel siglo, todo el sistema moral y de regulación parecía haberse resuelto en términos de  Nación y territorio local, bajo el control de los estados. Hoy en día, en cambio, casi nada se dirime si no es global e internacionalmente… Por esto, la ética de la comunicación tiene que partir del diálogo, de la aceptación de la libertad de otros, sin universales absolutos. El imperativo categórico actual debería de esa ética es: sé libre.

Éstas son ideas que resumen las propuestas de Rafael Capurro -un intelectual comprometido con la construcción crítica de una ética de la diversidad comunicativa– con el que nos encontramos en las actividades de Doctorado del Departamento de Periodismos y Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Capurro entiende que existe actualmente un importante debate mundial en torno a la ética de la comunicación. La sociedad del conocimiento ha significado la revitalización y el crecimiento exponencial de las investigaciones y actividades académicas sobre ética. La causa es que, como en todas las épocas de crisis, el cambio de valores –siempre consustancial a las crisis- exige una reflexión profunda sobre las fuentes de nuestras normativas y criterios de actuación. Nunca como antes, nuestro tiempo necesita ser crítico y reflexivo en materia de comunicación, porque la comunicación se está convirtiendo en el centro de la existencia, y es indudable que es la comunicación –y lo artificial- la mayor fuente de fascinación del ser humano en la actualidad.

ÉTICA Y MORAL

Esta situación de crisis y el cambio de valores –señala Capurro- exigen asegurar la separación entre ética de moral. La primera es una actividad crítica y reflexiva sobre las normas y las reglas (explícitas e implícitas) que rigen la vida humana, diríamos, una ciencia. La moral, sin embargo, consiste en la elección y asunción de normas. Es, consecuentemente, una práctica.

Ética y moral se relacionan, pues, pero no se confunden. Incluso aunque, a veces, el uso de los términos pueda ser laxo y llegue a hablarse de “códigos éticos” cuando, en todo caso sería “códigos morales”.

En el momento actual, la ética de la comunicación tiene que tomar distancia crítica con respecto a la agenda comunicativa de la sociedad y de la política. Explica Rafael Capurro que conviene que la ética, como reflexión crítica que es, no esté desvinculada del mundo, pero que, en la medida en que forma parte del mundo del pensamiento y las ideas, se tome su tiempo para la meditación, para la profundización… Algo que la urgencia político-mediática, a veces, no consiente.

COMITÉS DE ÉTICA

No obstante, explica Capurro, existen vías fructíferas de colaboración entre el mundo político y la reflexión ética. Es, por ejemplo, la que representa la existencia de los comités de ética que, a propuesta de la Comisión Europea, se han constituido en todos los países de la Unión. Son grupos reducidos de personas (12 o 15) que tienen por misión reflexionar, meditar y emitir dictámenes sobre las cuestiones éticas que les presentan los políticos y gobernantes. Con esta tarea, al mismo tiempo, la reflexión crítica –porque los temas son debatidos y razonados- y la acción práctica –porque estas reflexiones acaban en recomendaciones para el cuerpo político. “Es probable –señala Capurro- que mucho de lo que se propone en estos comités no tenga, en ocasiones, la menor incidencia en el mundo real. No obstante, la obligación de sopesar meditar y explicitar juicios y razonamientos sobre cuestiones acuciantes acaba generando, aunque sea a la larga, algún tipo de consecuencia. Siempre produce avances.

PERSPECTIVA INTERCULTURAL

Por encima de todo, Capurro reclama en estos momentos incorporar la perspectiva de la interculturalidad –de la globalización- a la reflexión ética (consúltese la entrevista de Capurro en México). Nuestro mundo, dice, no puede contentarse con normas locales restringidas a un espacio determinado. La humanidad, y la comunicación es en buena parte responsable de ello, ha salido de las restricciones de los territorios concretos para enfrentarse a problemas y cuestiones que afectan a todos. De aquí que sea necesario llegar a acuerdos –débiles o profundos- sobre ciertas reglas compartidas De aquí, también, que sea inevitable incluir las perspectivas del otro -de los demás-  a la hora de resolver los grandes problemas que nos afectan: el medio ambiente, la pobreza, la libertad de todos…

En consecuencia, sólo el diálogo entre diversos asegurará una auténtica reflexión crítica en torno a cuestiones éticas. Incluso, a la hora de marcar la agenda de los temas de debate esta interculturalidad es necesaria. A un alemán o a un inglés, por ejemplo, pueden preocuparle mucho los temas de la privacidad o de la autoría en relación a los nuevos medios de comunicación, pero en África, por ejemplo, de estos temas ni se habla, allí la preocupación principal puede ser, pongamos por caso, la necesidad de disponer de agua, o la de satisfacer las necesidades de salud básica… La reflexión ética no puede estar al margen de esta diversidad de perspectivas y necesidades.

ARMONÍA/AUTONOMÍA

Es la misma diversidad la que hace que, por ejemplo, en países orientales como China, el valor supremo que se está potenciando sea la idea de “armonía” del cuerpo social, de la comunidad -lo hace sistemática el gobierno potenciando una vuelta al Confucianismo. Idea que, en todo caso, no puede velar, dice Capurro, el potencial peligro totalizador y autoritario que se esconde tras una “armonización” autoritaria de la sociedad.

Occidente, por su lado, siempre ha privilegiado la idea de individuo. La noción de armonía –en los términos de la filosofía oriental- es ajena al pensamiento occidental. Por contra, la noción de individuo es más extraña en el pensamiento oriental. El budismo niega el individuo, el pensamiento chino valora sobre todo la comunidad.

Sea cual sea la funcionalidad y validez de tales ideas en sus correspondientes contextos, lo que es evidente es que en este caso se dan dos , dos agendas distintas, dos prioridades para sistemas e´ticos que sólo pueden ser, pues, diversos.

HABERMAS/LUHMAN

Frente a esta diversidad, en Alemania existe un debate continuo entre dos formas de enfocar el análisis de la comunicación. Una es la de Habermas que, a través de su ideal de espacio público, sostiene la necesidad de establecer un consenso sobre las normas esenciales que rigen la comunicación. En términos normativos, el ideal de que el espacio público exige el diálogo igualitario entre las partes y el respeto a unas normas. A Capurro, este modelo -el del espacio público igualitario de Habermas- le parece idealista, con poca capacidad de dar cuenta de la complejidad de los hechos.

La otra perspectiva viene representada por el enfoque de Niklas Luhman, que piensa la comunicación en términos de sistemas, de estructuras y sistemas. Según su punto de vista, no habría, por tanto, un solo espacio público, sino una articulación de diferentes públicos con diferentes reglas y sus espacios correspondientes. La sociedad comunicativa sería entonces fruto de una diversidad estructurada y de una comunicación sistémica.

Es este modelo es, según Capurro, el que permitiría fundar la ética intercultural de la comunicación. Es el que permitiría aceptar la diversidad y, por tanto, la reflexión crítica, desde perspectivas diversas, sobre esa misma diversidad. Permitiría, por otro lado, pensar la unidad del hacer humano y de sus normas. O sea un sistema de pensamiento, o, mejor dicho, un sistema de sistemas de pensamiento, en el que puede asentarse el imperativo categórico de la ética propuesta por Capurro: se libre. En este sentido, la ética se entiende como el esfuerzo crítico por construir la libertad de todos.