La protección de los menores y la televisión (y III)

Todos los invitados a participar en el debate de PROCOTÍN tenemos experiencias distintas. Pero se respira un cierto aire de familia: nos preocupa la infancia y su relación con los medios.

RTVE responde a través de la defesora del Espectador

Dicho así, tal vez pueda parecer poco, pero son tantos los que, trabajando en los medios de comunicación o en su entorno se despreocupan de estas cuestiones, o, como mínimo, se desentienden, que cuando nos reunimos unos cuantos que admitimos esta preocupación, de repente, se desarrolla una sintonía casi perfecta.

Pero, ¿quiénes éramos en el debate? Lo modera y dirige Carmen García Galera, de la Universidad Rey Juan Carlos. Participan: Elena Sánchez Caballero, Defensora del espectador de TVE; Gabriel Gozález Bueno de UNICEF; Ángeles Pérez Chica de OCTA; …. De safe the Children, Beatriz Guijarro, del equipo del Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid; Liliana Orjuela, de Save the Children y una representante de la CONCAPA.

Empecemos exponiendo los puntos de acuerdo, que son la mayoría.

  1. No hemos avanzado en materia de protección de los niños en relación con los medios. Pese a los esfuerzos realizados. No existe el Consejo de Medios Audiovisuales del Estado (CEMA). No se cumplen las normas de autorregulación de las televisiones en materia de niños No hay producción propia para niños en las televisiones. Los medios privados no prestan atención a la infancia. La imagen del niño que se ofrece en los medios es negativa o consumista. Los programadores menosprecian el valor que la población infantil tiene en la composición de su audiencia, etc.
  2. No hay síntomas esperanzadores en el horizonte. La política de medios de comunicación es, en esta materia y en la que tanto se le relaciona (la del servicio público audiovisual), un tanto errática: con cambios bruscos y giros forzados. La promesa de crear el CEMA, que ya está en la Ley General del Audiovisual, corre el riesgo de desvirtuarse y convertirse en un parlamentito a imagen y semejanza del Parlamento mayor, es decir, completamente “partidistizado”. Algunas televisiones privadas alardean de que la autorregulación sobre niños está hecha, precisamente para no cumplirse. Los profesionales de los medios rechazan que la televisión sea para formar, su única misión es entretener.
  3. Estamos en un nivel bajo de desarrollo en relación con otros países. Con excepción de Italia, donde reina la videocracia berlusconiana, la mayoría de países europeos nos adelanta en la constitución de los consejos de regulación, en el cumplimiento de las leyes que imponen deberes a las televisiones en relación con los niños, en la responsabilidad de los parlamentos en relación con la política mediática…

No obstante, hemos debatido lo suficiente y nos hemos cuestionado tanto nuestra propia depresión ante la situación, que hemos acabado encontrando y señalando algunos puntos de una inflexión posible: puntos que pueden aprovecharse para cambiar la situación.

En este contexto he tomado la palabra para defender la idea de que los últimos acontecimientos en el mundo –especialmente las revoluciones pacíficas en el mundo árabe- ponen de relieve un hecho que no debemos olvidar: que en un momento determinado, sin que se pueda prever, cualquier sistema alcanza su preciso punto de conversión brusca, un punto de catástrofe, diría René Thom- y pierde entonces su anterior naturaleza para pasar a otro estado bien distinto.

Según mi impresión, esto es lo que está a punto de suceder con el sistema mediático. El estado actual de cosas puede cambiar de repente.

La televisión masiva languidecerá y aparecerá, vía Internet, una alternativa más flexible, más dirigida a públicos reducidos que permitirán otros usos y fruiciones. Si a ello se añado el hecho de la inseguridad de la política, de la crisis económica, del malestar ciudadano, y del malestar profesional entre quines se dedican a la comunicación… ¿no estaremos ante la posibilidad de un crecimiento tal de la indignación pública que dé lugar a un cambio brusco de esfera mediática e, incluso, de esfera pública?

Y, si es así, ¿por qué no buscamos entonces –incluso un poco desesperadamente- que los derechos mediáticos de los niños sean reconocidos, que las televisiones públicas –y las otras- se comprometan con la infancia, que la acción de la sociedad civil se evidencie en una regeneración de nuestras formas de comunicar?

Con este planteamiento -desde luego voluntarista, pero no alocado- han empezado a surgir ideas positivas. No hemos dejado de insistir en lo que venimos reiterando desde hace años: que hay que cumplir las leyes, que no se puede practicar el doble rasero para juzgar la tarea de las televisiones: mucho a las públicas, casi nada a la privada… Pero hemos abierto una línea de pensamiento más propositiva, más centrada en la promoción que en la protección. A saber:

  • Primer hecho muy positivo: la unidad y solidaridad entre las entidades que se preocupan de la infancia y medios. Lo cual revela una vitalidad y una capacidad de acción que, tal vez, no estemos aprovechando.
  • Segunda cuestión: creemos en las posibilidades de participación de los niños, creemos en que tienen suficiente creatividad como para llenar por sí mismos infinidad de programas de televisión que tendrían éxito a poco que una televisión –naturalmente, pública les apoyara-.
  • Tercera cuestión: la alfabetización mediática crece como expectativa social. Está en os documentos oficiales, está en algunas leyes, parece un objetivo alcanzable y una labor necesaria. Hay que celebrarlo, sin duda. Hace unos años el panorama era mucho más desconsolador.
  • Cuarta cuestión: Hay que confiar en el compromiso de los profesionales de los medios. Mejor dicho, se puede confiar en la gran mayoría de ellos, porque son ellos, precisamente, los que más están sufriendo con la decadencia de valores en su profesión. Tal vez este malestar propicie en poco tiempo una regeneración.
  • Quinta cuestión: Las familias son claves. Y si no atienden debidamente a la ecología mediática -que debe rodear a los más pequeños- es porque no hay conciliación familiar, porque los tiempos de trabajo y de aula son demasiado largos… Pero, si nos esforzamos en concienciar a las familias, ¿no habrá una reacción en cadena que acabará siendo positiva?
  • Sexta cuestión: Hay ejemplos por doquier, de consejos reguladores que cumplen su función, de programas educativos para niños muy válidos, de auténtico interés educativo de los medios en relación con los niños…

Y, finalmente, una proposición unánimemente aceptada: hemos de pasar a la acción en positivo y conseguir algunas metas que nos propongamos entre todos. Aunque sean limitadas. Las cosas llevan su tiempo.