10 cuestiones sobre la ética de las revistas científicas de comunicación

Congreso de ética de la comunicación en Sevilla. ¡Se habla más de algo cuando éste algo se siente como ausente! Estamos en un momento en el que, dentro del campo de la comunicación se suele subordinar la ética al negocio.

Universidad de Sevilla

Muy amables, los organizadores del congreso, nos invitan a los editores del Grupo Bilbao de Revistas de Comunicación a debatir sobre la responsabilidad del investigador y los modos de publicación. Intervienen, Ignacio Aguaded (Comunicar); José Manuel de Pablos (Revista Latina de Comunicación social; Begoña Zabidea (Zer); Ramón Reig (Ámbitos), y José Manuel Pérez Tornero (Anàlisi).

Ejercicio de comunicación hacia los investigadores y también de autocrítica. Por un lado, información sobre la necesidad de publicar artículos rigurosos y con calidad. Por otro, la convicción de que todo el sistema es perfectible y su mejora necesaria.

Sobre esta segunda parte, y considerando los problemas éticos que se encierran en la comunicación científica, transcribo parte de mi intervención. Transcribo mis dudas, temores y convicciones.

“¿Qué se entiende por calidad de la publicación? Se usan diversos indicadores, -casi todos ellos formales… El índice de citas que la revista recibe –es decir, su popularidad, su fama-. La regularidad con la que publica. La internacionalidad de su consejo de redacción. El número de artículos que son fruto de investigaciones subvencionadas en concursos competitivos. Etc.

Se supone que la combinación de todos estos factores o indicadores otorgan calidad a la revista. La calidad sería, en este caso, lo contrario al riesgo. Calidad sería aportar un beneficio al conocimiento y a la ciencia. Riesgo: perder el tiempo y hacerlo perder a todos. Para eso existen las agencias de evaluación de la calidad científica. Y para eso las revistas colaboran estrechamente con ellas.

Ahora bien, si como ha determinado una investigación del gobierno norteamericano en relación con la crisis económica, gran parte de la responsabilidad de la crisis y de la emisión de títulos de deuda “basura” hay que atribuírsela a la irresponsabilidad de las agencias de calificación, ¿no podría suceder lo mismo en el terreno de las publicaciones científicas?

Naturalmente que sí. No hay que descartar en absoluto que pueda suceder así. Y, si sucediera, es también bastante previsible que los que gobiernan esas agencias se lavaran las manos. Como ha sucedido con el caso de Moody’s, responsables de haber evaluado positivamente todas las inversiones relacionadas con las hipotecas basura. Pues bien, la manera que saldan responsabilidades sus ejecutivos es a base de un cinismo que da escalofríos: Este  año sus ejecutivos han cobrado más dinero en bonos que nunca –pese a haber provocado una de las crisis económicas más grandes de la historia-. Y su mayor accionista, Warren Buffet, ha declarado que él no sabía nada de los “errores” de la agencia. Sólo se ocupaba de obtener beneficios porque “cuando se da un duopolio en un sector económico, es seguro que se ganará dinero”.

Warren Buffet

¿No podría suceder que el sistema que organizado en torno a la evaluación de la investigación científica -a su calidad y a sus riesgos- acabar un día como el sistema de evaluación de riesgos financieros? Es decir, en un fracaso estrepitoso y cínico.

Para evitarlo y para prevenir el desastre, conviene, al mismo tiempo que usamos indicadores “objetivos” no dejar de cuestionarnos nunca nuestros procedimientos y prácticas no sólo desde un punto de vista técnico, sino ético. Y es aquí donde me parece importante mantener siempre un cuestionamiento constante sobre las prácticas de la evaluación y los procedimientos de las revistas científicas.

Propongo aquí algunos interrogantes.

  1. Los indicadores que miden la calidad de una revista ¿son los correctos debe crearse un sistema de metaindicadores para examinar constantemente su validez?
  2. ¿Pueden las publicaciones simular y falsear estos indicadores? ¿NO deberíamos introducir mejores sistemas de transparencia?
  3. ¿Qué grado de independencia tienen las revistas, las agencias de evaluación, etc.? ¿No deberíamos mostrar, si las hubiere, las dependencias de cada publicación?
  4. ¿Hay garantía de contraste de resultados entre diversas agencias? ¿No se debería evaluar a los evaluadores?
  5. ¿Es posible contrastar, de algún modo, los beneficios científicos que generan las revistas de calidad? ¿O el sistema de indicadores se realimenta a sí mismo? ¿No deberíamos medir la eficacia de los indicadores existentes contrastándolo con las aportaciones científicas que realmente contribuyen a generar?
  6. ¿Favorecen los indicadores una ciencia ahormada y normalizada favorable al sistema político y económico vigente sin favorecer para nada la innovación auténtica y el cambio? ¿No deberíamos crear y asumir espacios críticos, más libres que quedaran a un relativo abrigo de los indicadores?
  7. ¿Están protegidos los investigadores que someten sus trabajos a las revistas científicas? ¿No deberíamos proponer a la asunción general de una “carta de derechos del investigador en relación con las revistas”?
  8. No está contribuyendo  el sistema de evaluación a una globalización de la producción científica –pasada siempre por el filtro norteamericano- que ahoga los contrastes y la diversidad del planeta y de la ciencia? ¿No se deberían crear zonas de excepción, protección y diversidad?
  9. ¿Puede el anonimato garantizar un juicio responsable en cuestiones científicas? ¿No se debería complementar con algunos testimonios comprometidos no anónimos?
  10. ¿Es todo este sistema un nuevo mecanismo de poder que impone el sistema a la investigación crítica o es un sistema que asegure que la ciencia aporta beneficio a la sociedad? ¿No deberíamos cuidar la democratización del sistema?

Por mi parte estoy convencido que la validez del sistema de evaluación y su mejora sólo dependerá de una constante autocrítica, de un permanente diálogo leal y sincero entre todas las partes que componen el sistema… Y, sobre todo, si somos capaces de situar al investigador en el centro del sistema y a sus aportaciones –es decir, los beneficios científicos que aporta- como el objetivo supremo a respetar.

Es, sin duda, sobre todo, cuestión de ética.

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