Los discursos que cuentan

El análisis puede ser sencillo, pero es contundente. Los resultados electorales en España evidencian victoria absoluta del Partido Popular  y una auténtica debacle socialista.

¿Pero qué nos dicen estos resultados sobre la arquitectura semiótico-discursiva de cada uno de los partidos contendientes?

Un primer apunte. El partido que se ha sabido presentar como icono del cambio lo que, de paso, le ha permitido situar en segundo plano su propio programa- es decir, el PP- ha ganado contundentemente las elecciones y ha obtenido una mayoría holgada de los votos. Conclusión: la oposición pasa a ser referencia simbólica cuando lo que más cuenta es el desencanto y el malestar con el gobierno. Y así, una mayoría de ciudadanos ha situado su objeto de deseo en cambiar, como fuese, ante un discurso que, ante la crisis, se ha mostrado contradictorio e impotente.

El partido socialista ha escenificado –sobre todo en la noche electoral- al dejar sólo a Alfredo Pérez Rubalcaba, lo que se intuía: vive en un desconcierto absoluto, sin saber qué hacer. N ha logrado explicar que en el segundo mandato de Zapatero casi todas las medidas de gobierno han ido encaminadas a contradecir –directamente- la doctrina socialdemócrata y al propio programa electoral de un Zapatero que incluso llegó a prometer el pleno empleo y que deja tras sí 5 millones de desempleados. Desde luego, un próximo a Zapatero –aunque con una tradición más amplia que éste ene el socialismo- no ha logrado distanciarse suficientemente, por lo que su gran debilidad ha sido la falta de credibilidad.

Pero no sólo desconcierto y falta de credibilidad, el partido socialista ha mostrado con la noche electoral lo que ya se intuía: que se encuentra en un estado de “sálvese quien pueda” y bastante desunido.  ¿Dónde estaba Zapatero esa noche de resultados? Un presidente de Gobierno saliente y un secretario general del PSOE ¿puede desentenderse hasta ese punto de su electorado? ¿Dónde estaban sus ministros que siempre han pugnado por “salir en la foto”? Si Rubalcaba pidiendo a sus fieles que no le acompañaran a rendir cuentas ha querido situarse como único responsable de la derrota, lo que ha conseguido es precisamente lo contrario: que la opinión pública reconociese la perfecta cobardía de un partido que no ha sabido ni siquiera “dar la cara”. ¿Qué confianza podrá inspirar con esos procedimientos?

En el resto de partidos, está claro que Izquierda Unida es el que mejor ha sabido capitalizar el discurso del 15 M y el malestar ante el capitalismo salvaje, también ante la política de Zapatero.

Éste ha sido el discurso que representaban las opciones más políticas y comprometidas con las tareas de gobernar.

Viene luego el discurso de las convicciones esencialistas y nacionalistas. El nacionalismo, es evidente, sigue prosperando –todos menos el de Rosa Díez- gracias, por cierto, a una ley electoral que favorece la concentración de votos. ¿Qué hubiera pasado de votarse en distrito único? Pues que Izquierda Unida y Rosa Díez hubieran quedado muy por encima de todos los nacionalismos “periféricos”.

LOS HÉROES

Entremos en el discurso que viven los protagonistas, en su devenir heroico de cuento de hadas.

En el plano de los candidatos, los resultados han premiado la historia del héroe sufrido que pasa por el desierto y, finalmente consigue la victoria. Un héroe  que en el camino ha conocido incluso la traición de los propios –que ha vivido su particular negación de sus fieles. Hablamos de Mariano Rajoy.

Las elecciones, en cambio, han castigado, seguramente por poco heroico, la acción representada por Rubalcaba: la de un “segundo” permanente, agazapado en su inteligencia sutil y habilidosa, que si, de pronto, da un paso adelante y hacia el frente de batalla es sólo para cerciorarse de que casi todos sus primeros –con la excepción de Felipe González- le han dejado completamente solo. ¿Un fallo cálculo de su proverbial inteligencia o simplemente un fair play que, incluso por ética, no se ha planteado hasta donde podía llegar la deslealtad de los propios? Tal vez, todo a la vez.

Pero sobre todo, la de Rubalcaba ha sido la acción de un héroe fallido. La de un “segundo” permanente al que le ha faltado un período de sufrimiento, es decir, un tiempo en que los héroes se forjan. Sólo le quedaría, por tanto, no abandonar, seguir al frente, pasar un desierto y apostar de nuevo. Aunque esto no parece probable.

En el resto de partidos, se ha premiado la novedad en el recorrido heroico, es decir, la emergencia de nuevos líderes –aunque algunos de ellos vengan de lejos- pero que hasta ahora no se habían visto en una situación como la actual, de aquí que todos resultaran “frescos” –desde el punto de vista semiótico- para su electorado.

EN PERSPECTIVA

Pero vayamos un poco más del relato manifiesto y lo “dicho” y expresado. Entremos en la pragmática. ¿Qué propuesta de acción, o qué consecuencias prácticas,  nos presentan estos discursos? ¿Qué relación tienen con el contexto?

Lo que desazona al intentar contestar esta pregunta y al adquirir perspectiva es que discursos y héroes, en el contexto europeo actual de crisis económica y de gobierno de los grandes –Alemania y Francia-. Es que una se da cuenta pronto de que todo es poco significativo. De que el margen de maniobra que queda es escandalosamente estrecho y de que apenas se ha planteado esta cuestión. ¿Qué puede influir España en Europa y qué pueden hacer –al margen de recibir órdenes y consignas- nuestros dirigentes en Europa?

Ésta es la impotencia real en que se encuentra la palabra política hoy: que apenas cuenta nada sobre las verdaderas cuestiones. Que el discurso estridente de un capitalismo de casino, dominado por el cinismo y la corrupción, le priva de sentido a la palabra política. No le deja ningún margen.

De aquí la impotencia del discurso del 15 M y de aquí la sensación de estar representando una opereta que dan los políticos en casi todas partes. En ellos se percibe la grandilocuencia forzada de quien siente la nostalgia de otros momentos de épicos pero vive realmente una especie de farsa.

De aquí la decepción de los ciudadanos que piensan que pueden, deben y tienen mucho más que decir en un sistema político, incluso después de haber votado.

Porque la salud del sistema político no depende de tener al frente de Gobierno a un Monti o a un Rajoy –aunque las manera sí son importantes-, sino de cómo éstos sepan articular, en su modo de gobernar, la palabra de los ciudadanos que se sienten defraudados estando como están en navegando en un mar embravecido de impotencia política.

En esta tesitura es en la que empiezan realmente los discursos que cuentan.