Recuperar las experiencias educativas singulares

backa to the basicsEncuentro a Richard Gerver en Madrid, en el SIMO EDUCACION 2013Gerver es un británico que se inició como actor y que, posteriormente, como profesor, fue reconocido por T. Blair como uno de los mejores del país,  y alcanzó, así, un éxito mediático que todavía mantiene y que aprovecha para proponer el cambio en las escuelas. Sigue, de alguna manera, en sus propuestas al también británico, Keneth Robinson -quien,también, alcanzó un rotundo éxito de difusión gracias a TED-.

Los dos proponen una pedagogía basada en la liberación o el aprovechamiento del talento innato o natural de los niños. Y ambos ven la escuela –la escolarización, mejor dicho- el peligro de aniquilación progresiva de ese talento singular que todos los niños tienen. Robinson, por ejemplo, insiste en algunos de sus libros que el éxito personal puede estar reñido en algunos casos con la escuela (¿?).

Ambos deben –Gerver y Robinson- mucho a Howard Gardner quien sistematizó una dura y razonada crítica a la escolarización [1]. Gardner también, como Robinson, propone casos de éxito, pero menos remarcando su carácter personal que considerándolos el fruto de ciertas condiciones.

Ambos, también cuando critican la escolarización, se ponen cerca de los planteamientos de Ivan Ilich quien, por parecidas razones, propugnaba la des-escolarización como una vía paradójica hacia la educación auténtica. En todo caso, no queda ya en Robinson ni en Gerver el talante social y político que animaba a Ilich.

El “fracaso” de la escuela

Estos autores entienden que la escolarización puede echar por tierra algunos de los mejores talentos que tienen los niños.

La escuela -que es, de hecho, una “maquinaria institucional” orientada a la educación y a la instrucción- fracasa, muchas veces, en su intento de proporcionar un auténtico enriquecimiento educativo y en mejorar las capacidades de los alumnos.

La inflexibilidad de su programación; la, a menudo, excesiva formalización de los procedimientos pedagógicos; la subordinación a un orden institucional que, a veces, no se corresponde con los procesos de aprendizaje… En fin, las excesivas rutinas y normas de los centros educativos, que, por ejemplo, dividen espacios y tiempos en unidades más fabriles que pedagógicas… Todo ello puede arruinar, a veces, la espontaneidad que requiere un aprendizaje auténtico.

Experiencias educativas estandarizadas VS Experiencias educativas singulares

Podemos estar o no de acuerdo con estos autores. Pero, aunque puede ser un diagnóstico exagerado o interesado, sí que hay que reconocer un cierto fondo de verdad en sus planteamientos.

Cualquier experiencia, incluida la experiencia de aprendizaje, es siempre singular. Tiene que ver con la especificidad de un momento, de una situación y de una realidad. Y, al mismo tiempo, con la vivencia personal de la persona que experimenta, que vive ese proceso singular de contacto con el mundo. Tiene que ver con la persona que la experimenta, con su subjetividad, su conocimiento y su sensibilidad. Tiene que ver con el contexto y con el conjunto de realidades que provocan esa experiencia.

Sin embargo, las escuelas –que tiene miles de alumnos y decenas de estudiantes en las aulas- están obligadas, y, tal vez, no pueda ser de otro modo, a fomentar experiencias de aprendizaje normalizadas, estandarizadas, ajustadas a secuencias predeterminadas, aprisionadas por los estándares de las aulas.

Por otra parte, también son estándares sus medios e instrumentos: lenguajes, libros, textos, modelos, etc. Herramientas y contenidos sin personalizar, generales… una especie de passe-partout

En fin, todo se conjuga para obligar a las escuelas a convertirse en un lugar de aprendizaje cuasi industrial, especie de factorías educativas, que funcionan en cadena y cuya finalidad es el aprendizaje en serie.

Por oposición al aprendizaje escolar  normalizado -que se conjuga en general y con sujeto colectivo- hay aprendizajes  en singular. Existen situaciones y momentos en las que el acento está puesto en el sentido personal y singular. En realidad, son estos momentos los que marcan la memoria y el carácter de los niños, los que deciden su futuro. Son los momentos de aprendizaje realmente significativo, que dejan huella indeleble, que son generadores de nuevas capacidades.

¿Cuál es la diferencia entre un tipo de aprendizaje y otro? ¿Cuáles son sus atributos? El siguiente cuadro intenta describir estas diferencias.

Los pares de conceptos presentados se dibujan como la oposición entre dos polos. Las experiencias educativas estandarizadas –muy frecuentes en las escuelas-  se acercan, desde nuestro punto de vista, a la primera columna. Mientras las experiencias educativas  singulares de aprendizaje, se suelen dar en otros contextos.

PROCESOS DE APRENDIZAJE ESTANDARIZADOS

EXPERIENCIAS SINGULARES DE APRENDIZAJE

Abstractas

Concretas

Mentales

Prácticas

Académicas

Reales

Intelectuales

Operativas

Subjetivas

Objetivas

Generales

Precisas

Fragmentarias

Holísticas

Tanto, Ilich, como Gardner, Gerver, Robinson y otros los que critican de las escuelas es, precisamente, que sólo sean capaces de generar condiciones para el  que proporcionen casi exclusivamente estandarizados.

Por nuestra parte, entendemos que sin experiencias educativas singulares, los proyectos educativos fracasan, y que solo una buena combinación de aprendizajes estandarizados con aprendizajes singulares puede conducir al éxito.

La necesidad de experiencias singulares de aprendizaje

El problema que nos encontramos en la educación de hoy en día es el que denuncian los autores citados: un exceso de aprendizajes estandarizados, junto a un exceso de institucionalización formal de la educación.

Tradicionalmente, a lo largo de la historia, las familias, el mundo del trabajo y la vida social, en general, se encargaban de proporcionar, por sí mismos, ocasiones singulares de aprendizaje.

Los niños experimentaban la convivencia directa con sus hermanos y familiares. Jugaban mucho tiempo –en casa y fuera de ella-. Y estaban bastante expuestos a condiciones de aprendizaje autónomo y aventurado.

Al mundo del trabajo se accedía mediante largos procesos de experiencia laboral guiada por un maestro. Los jóvenes se convertían en aprendices prácticos. Y la sociedad, la calle y las relaciones personales se vivían como un espacio propicio a las experiencias de aprendizaje singular, no previstas ni reguladas… En general, la escasa información, la escasa previsión sobre el desarrollo de los acontecimientos y su singularidad hacían del aprendizaje fortuito un valor muy preciado.

Pero con la sociedad informatizada de hoy en día, todo esto ha cambiado. Las familias no son ya extensas y hay poca relación personal. En muchos hogares solo hay un niño e infinidad de familias son, incluso monoparentales. La televisión y muchas otras pantallas han secuestrado el juego real. Por tanto, se dan pocas ocasiones para el aprendizaje espontaneo y fortuito, para la comunicación singular…

Por otra parte, el acceso al mundo del trabajo ha abandonado, de un modo significativo, la experiencia del aprendiz, los largos períodos de prácticas en que, dentro de un sistema de trabajo, se aprendía un oficio. Facultades y escuelas académicas han sustituido ese enfrentamiento con el mundo real y, de alguna manera, lo han abstraído y estandarizado.

La sociedad y las ciudades se han convertido en un mundo muchos más previsible, más organizado, guiado por multitud de informaciones y mucho más “higiénico”… por tanto, más rutinario y aburrido.

Todo esto ha provocado un enorme cambio en el proceso de aprendizaje y en las experienicas que generan conocimiento.

Hoy en día, el aprendizaje en singular tiende a ser sustituido por la asimilación de conceptos e instrucciones de uso, o por la utilización de procedimientos de actuación más que de auténticas competencias, por una tutoría invisible de todos nuestros actos…

Y todo ello, insistimos, nos aleja de la vivencia del aprendizaje real, del auténtico. Y nos vacía a todos nosotros de experiencias auténticas. Todo es vicario y mediatizado, previsible normalizado.

De ahí en buena parte, nuestra docilidad, nuestra falta de autonomía y nuestra laguna de emoción y de pasión.

Problema grave, porque mientras no seamos capaces de encontrar lo singular en el aprendizaje, mientras no nos reencontremos con su emoción e, incluso, con su pasión… nuestra sicología se irá vaciando, y nuestra personalidad será cada vez menos personal, y nuestro contacto con el mundo será cada vez más formal y falto de vida.

De aquí que sea urgente luchar por la recuperación de las experiencias singulares de aprendizaje.

Esto exigirá una revalorización de la experiencia auténtica, no de la vicaria. No es lo mismo ver cero grados en un termómetro que experimentar el umbral de la congelación en nuestro cuerpo. No es lo mismo una fotografía de una encina, que sentir su olor, su rugosidad y sus mohos. Y no es lo mismo realizar un plano que construir una casa. En un mundo dominado por lo digital y lo virtual, la vuelta a los principios básicos de nuestra existencia, al contacto directo y a la vivencia real cobra sentido.

Desde mi punto de vista, si no deseamos vivir en un mundo automatizado y deshumanizado si no aceptamos un mundo vicario, frío y distante, hemos de cambiar nuestra educación. Necesitamos recuperar o conseguir un espacio de experiencias de aprendizaje singulares, que nos devuelvan la emoción del contexto y el tiempo de la situación, así como las consecuencias de nuestra responsabilidad.

Y si las escuelas no pueden hacerlo todo, tal vez sea el momento de las familias y de la sociedad.


[1] La mente no escolarizada. Cómo piensan los niños y cómo deberían enseñar las escuelas, Paidós, Barcelona, 1997

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