El legado intelectual de Umberto Eco

Umberto EcoNo recuerdo bien ni el año ni el día. Pero tuvo que ser en torno al 76 o el 77. Un profesor italiano, poco conocido por entonces, Umberto Eco, iba a impartir un seminario en la UAB. De él había leído la Obra abierta y Apocalípticos e integrados. Ambas obras escritas en italiano a finales de los 60, pero publicadas en español en la segunda mitad de los 70 -en una España que, por cierto, intentaba salir del franquismo-. Andaba yo, pues, muy interesado en conocer en persona a ese autor, sugerente y provocativo, que se atrevía a tratar sobre cuestiones consideradas “irrelevantes” o intrascendentes por los académicos al uso. Cuestiones como la libertad de interpretación de las obras artísticas, la cultura de masas, los nuevos héroes, -como Superman- o el valor de la cultura kitsch, entre otros. Un autor que, además, proponía la idea que la producción de sentido no era solo consecuencia del valor semántico de los textos – llamémosle la inmanencia textual– sino que estaba en función, también, de la actividad participativa e interpretativa de los lectores. Es decir, de lo que hoy llamaríamos “inteligencia colectiva”-. Esta importancia atribuida a la interpretación era consustancial al carácter abierto de los textos.

Pero a pesar de todo mi interés por Umberto Eco, no acerté a llegar al seminario antes de que empezara. Así que recuerdo perfectamente que nada más abrir tímidamente la puerta para pedir permiso para entrar –algo que en aquel tiempo era lo usual-, el professore me recibió lanzándome un pedazo de tiza directamente a la cabeza. No se cómo, pero logré esquivar la tiza. Es fácil imaginar la cara de sorpresa que debí poner ante ese inesperado lance. Pero aseguro que más sorprendidos quedaron los pocos estudiantes -tan solo seis o siete- que estaban dentro del aula. ¡Quedaron estupefactos!

Eco, sin embargo, se mantuvo impasible, controlando perfectamente la situación. Incluso hizo algo más sorprendente: inició el movimiento de lanzarme otro pedazo de tiza pero, esta vez, sin soltarla de la mano.

Naturalmente, yo, respondiendo a una especie de instinto, volví a agacharme. Pero la tiza no salió de la mano de Eco, y sí en cambio, lanzó una explicación:

-“Vean ustedes –dijo- qué son los signos. Son algo que sustituye a otro algo; que están por ese segundo algo. Cuando la primera vez le lancé la tiza a su compañero, aquello era una acción real, no un signo. Y lo que hizo su compañero, agacharse para esquivar la tiza fue también una acción real. En cambio, la segunda vez sí era un signo y solo un signo. Si quieren, era una amenaza, pero no una acción real”.

Recuerdo que todos asistíamos a la explicación especialmente concentrados, motivados y curiosos.

– “Su compañero la segunda vez que trató de esquivar la tiza se confundió –siguió diciendo Eco-.   Confundió el signo con la realidad. Y esta vez sí se equivocó al agacharse. Su colega estaba reaccionando ante un signo, no ante una agresión real. Reaccionaba ante una amenaza, que es un signo pero no a una acción realmente violenta, o físicamente violenta. Pero su colega ha tenido, en todo caso, una reacción semejante en casi todo a la primera, que sí se trataba de una agresión real. ¿Ven ustedes, por tanto, cómo los signos sirven para engañar? Créanme, no habría ni engaños ni mentiras en el mundo si no hubiese signos. Si no hubiese sistemas semióticos. Con la semiótica nace la mentira. Pero créanme también en una cosa: si no hubiese signos, seríamos más violentos de lo que somos ahora. Porque no podríamos sustituir a la violencia de ningún modo”.

Esa lección me quedó grabada y marcó mi forma de encarar el estudio y el mundo.

Desde entonces, fui un lector asiduo de Eco. Allí donde muchos se topaban, y se detenían, ante con lo que consideraban abstracciones, complejidades y dificultades del discurso de Eco –entre ellos muchos de mis alumnos- yo, en cambio, encontraba un estímulo, un reto para seguir. En una palabra, realmente gozaba con esa “mirada semiótica”, siempre exploratoria, sutil y reflexiva que ayudaba a descubrir nuevos mundos, pero que estaban en este.

Fui adivinando poco a poco en qué consistía esa mirada semiótica. Una mirada que trataba de comprender las sutilezas de los significados y de sus intérpretes. Que trataba siempre de ir más allá de lo aparente. Que era capaz de –en el contexto académico de entonces demasiado absorbido por el materialismo histórico- de hacernos conscientes y ayudarnos a comprender el inmenso poder de los signos, de la sustitución, del simulacro, de la representación… Y, por supuesto, que nos introducía a los valores estéticos y éticos de nuestra realidad que mucha veces permanecían ocultos a una mirada superficial o rutinaria.

ENCUENTROS ESPORÁDICOS

Mi relación con el professore fue, desde aquel día, más episódica y fragmentaria de lo que me hubiese gustado. Pero, desde luego, fue indeleble.

Eco participó, por ejemplo, con enorme generosidad en el Congreso de la Asociación Internacional de Semiótica que pudimos organizar, a duras penas, unos cuantos jóvenes en Barcelona y Perpiñán. Siempre aceptaba, con gusto, publicar en la revista Anàlisi que habíamos fundado con algunos colegas, muy voluntaristamente, por aquella época.

Tuvimos, también, amigos comunes que nos daban noticias mutuas. Especialmente, por ejemplo, el entrañable Thomas Sebeok, de Indiana, que inculcó en Eco –y, por supuesto, en mi- el espíritu triádico y Peirciano (y, por supuesto pragmático norteamericano) sobre la producción de sentido. Y quien supo transmitir la importancia de la relación entre Sherlock Holmes, Peirce y la semiótica – Cf. Su Sherlock Holmes y Charles S. Peirce: el método de la investigación (Paidós, 1987)- que luego Eco trasladaría su primera novela: El nombre de la rosa. O Julien Algirdes Greimas quien, siempre socarrón, inteligente y sistemático, apreciaba mucho el talante alegre, divertido y poético de la aproximación italiana a la semiótica que representaba Eco. Aunque dicho sea de paso, siempre el profesor Lituano pensó que aquel fare semiótica italiano era demasiado ecléctico, caprichoso y flexible comparado con su pretensión de fundar una disciplina sistemática, coherente y formal. O el prematuramente fallecido Mauro Wolf; el conspicuo e inteligente Paolo Fabbri, etc. Amigos y colegas todos inspirados por el pensamiento de Eco.

También recuerdo alguna colaboración editorial esporádica con Umberto. Como cuando, desde la Editorial Paidós -con el siempre entusiasta y apasionado Enric Folch- nos lanzamos a traducir al español la colección que Eco dirigía en Bompiani que estaba hecho de pequeños manuales introductorios a muchos campos y que, en realidad, eran las tesis de laurea de sus alumnos más destacados. Tesis a las que Eco, por cierto, dedicaba muchas horas y devoción.

Pero sobre todo, me quedó grabada su enorme disponibilidad a la actuación generosa, a la charla amigable, a la bonhomía en una palabra.

COMPROMISO POLÍTICO

Pero en estos momentos de recuerdo, no me gustaría de ningún modo pasar por alto el enorme compromiso político de la obra de Eco. Un aspecto que, a veces, no se considera como se debiera.

Su compromiso tenía un sentido político profundamente democrático y crítico, que ha perdurado mucho más, por ejemplo, que algunas militancias doctrinarias de muchos intelectuales que se reclamaban de la izquierda ortodoxa. Deberíamos decir, un sentido profundamente democrático, liberal, social y dialogante.

Un sentido que hizo de Eco el crítico más mordaz, más inquisitivo y permanente de esa degeneración moral y cívica que representó el Berlusconismo –impulsado por ese nefasto personaje, mal apodado Il Cavaliere y que tanto daño ha hecho a la gran Italia-. Baste releer los artículos de Eco en la prensa diaria o semanal, sus intervenciones públicas, sus lúcidos análisis sobre ese régimen corrupto, autoritario y mafioso. Sinceramente, no creo que sea posible encontrar mejor ejemplo de respuesta intelectual que la de Eco a un sistema tan execrable como el Berlusconismo. Mérito de Eco. Mérito de la semiótica. Y mérito del saber hacer narrativo de uno de los intelectuales más europeístas y europeos, en el buen sentido del término, que hemos conocido en los últimos tiempos. Todo un ejemplo a tomar en cuenta.

EL ESPÍRITU DE ECO

Italo Calvino, en 1985, trató de condensar en seis conferencias -que iba a dictar en la Universidad de Harvard- el espíritu de nuestra época, es decir, lo que él consideraba los valores esenciales del milenio[1]. No llegó a exponerlos verbalmente porque murió antes, pero sí que sus ideas vieron la luz póstumamente en forma de libro. Pues bien, tengo la firme convicción de Eco supo –a lo largo de su vida y a través de su variopinta obra- encarnar ese espíritu y realizar a la perfección los valores que Calvino había señalado.

Calvino, habló del valor de la levedad –como resistencia frente a “la pesadez, la inercia, la opacidad del mundo”-. Pues bien, Eco supo ser ágil, ligero y nervioso en un pensamiento que recorría descubría las sutilezas de lo signos y su interpretación, y supo encontrar las claves ligeras y leves de la existencia. Contribuyó a “desmaterializar” un mundo que luego la digitalización haría más virtual. Y llamó la atención sobre la gran trascendencia de las estructuras “ausentes”.

Si Calvino habló del valor de la rapidez, Eco supo estudiar rápido, publicar a tiempo, polemizar con reflejos, estar atento a la rapidez del mundo y comprender la importancia de la variación y la fluidez de los fenómenos culturales.

Si Calvino reclamó el valor de la exactitud, la obra de Eco es precisa en todo momento, tanto en la teoría como en el análisis. Tanto en el ensayo, como en el periodismo como en la narrativa. Todos los términos están en su sitio. Todos los signos responden a un orden. Y solo la exactitud rige el mundo de Eco.

Si Calvino habló de la visibilidad como valor, ¿quién como Eco supo describir mejor el sutil juego entre lo aparente y lo invisible? ¿Quién, como él, fue capaz de descifrar lo convencional que construye el mundo visual y su sentido?

Si Calvino apelaba al sentido de la multiplicidad, Eco, por su parte, fue capaz de dotar de multiplicidad a todo lo que escribía: múltiples planos, múltiples sentidos, múltiples realidades. Su metodología es múltiple, integradora, como el mundo que pretende explicar. Nunca sostuvo una sola perspectiva para explicar la realidad, más bien, le gustaban los juegos de espejos, las realidades relativas, la sutileza de las diferentes realidades que se implican en los relatos abiertos.

Si Calvino hablaba, finalmente de consistencia, Eco es un ejemplo de ella. Su obra es enorme, amplia y diversa, pero todo encaja consistentemente en ella. Es coherente, es íntegro. Siempre, de algún modo, reescribía el mismo libro, la misma obra con el objeto de no perderse, de no perder su razonamiento. De hecho, le tenía pánico al tan habitual desvío o ruptura lógica , o como él le llama “cogitus interruptus”. De hecho, su obra es una y múltiple, al mismo tiempo, por eso, no tiene interrupción lógica, y su consistencia es evidente.

En definitiva, Eco ha sabido realizar los valores de su siglo, el XX y abrir el camino del XXI. ¡Ojalá su pensamiento nunca descanse en nuestras mentes! Que viva por mucho tiempo.

 

[1] En Setiembre de ese mismo año, Calvino había escrito ya cinco de esas conferencias y se encontraban en una carpeta de su despacho “en perfecto orden, cada conferencia dentro de un sobre transparente y todas en una carpeta rígida, lista para el viaje”. Faltaba solo la sexta que se denominaría “Consistencia” y que tenía pensado escribir ya en Harvard. Pero Calvino no pudo viajar a EEUU. Un ictus le arrebató la vida el 19 de Setiembre de 1985. Sin embargo, con la mediación de su mujer, Esther, las conferencias, con algunas notas y apéndices, fueron publicadas años después. Nosotros nos referimos a esta publicación.